Ojalá nos perdonen, de A, M. Homes

No señores, esta no es la gran novela americana, ni siquiera la novela americana. Con el artículo indeterminado una tenemos suficiente. Supongo que algo así solo podría ser escrito en Estados Unidos, y solo por alguien imbuido de su caldo de cultivo cultural desde antes de llegar al vientre de su madre. El comentario no es peyorativo, que conste: A. M. Homes cuenta con el mérito de haber ideado un artefacto narrativo complejo y de relativa profundidad, cuya acción trepidante no lo convierte en thriller, además de manejar las bazas narrativas de una forma muy personal.

Se la ha denominado cronista del momento presente y, en cierto modo, así es. Pero, a mi modo de ver, en este libro al menos le falta la perspectiva necesaria para reflejar la verdadera fisonomía del presente. Por cierto tono superficial que se suma a lo improbable de que una sola persona acumule tanto incidentes –y tan poco habituales– en un solo año, sobre todo si quien lleva el peso de la trama no es más que un ciudadano medio común y corriente; y porque Homes fuerza la acción aproximándola al género de aventuras –y convirtiendo por tanto a Harold Silver en una especie de superhéroe doméstico– en el que, por suerte, no llega a caer del todo pero que distancia a la autora de su pretensión de realizar un análisis profundo y riguroso del mundo de hoy.

“Nos retiramos al sofá y vemos más televisión y yo me paro a pensar que ahora comprendo la utilidad completa de la tele: ofrece a personas que no tienen nada en común la ocasión de hacer algo juntas y de hablar al respecto: nos proporciona un territorio conocido.”

Partiendo de una anécdota banal se producen diversos desastres y estos, a su vez, derrumban las bases que cimentaban la vida del protagonista. A partir de ahí, el lector realiza un recorrido por los pequeños y grandes gestos que –entre dos fiestas consecutivas de Acción de Gracias– terminarán recomponiendo (o no) la vida del protagonista y del resto de sujetos afectados por la (enorme) onda expansiva que se forma. Harry –al que parece atribuírsele una culpa desproporcionada en relación a sus actos, cuyas raíces proceden, probablemente, de una especie muy concreta de puritanismo– contempla cómo todo se desmorona a partir de cierto momento. El suelo cede bajo sus pies, no encuentra apoyo en nadie, se encuentra acabado como pareja, profesional, ciudadano y hasta persona. Esto, sin duda, es el reflejo, tanto de la desorientación del hombre actual como de los diversos tipos de violencia que engendran nuestros modos de vida o que adopta la sociedad en su conjunto si, como en este caso, encuentra al adecuado chivo expiatorio.

“Descubro que estoy ansioso de lo normal, lo repetitivo, lo cotidiano, lo banal. Anhelo la comodidad de lo que a otros pudiera parecerles sumamente aburrido. Durante años, de lunes a viernes, desayunaba lo mismo…”

Tras tantos avatares, idas y venidas en más de un sentido, aparición y desaparición de personajes etc. resulta difícil asegurarlo, pero tengo la impresión de que han quedado unos cuantos cabos sueltos, alguno más que evidente, otros no tanto. Los individuos que aparecen son excéntricos a más no poder, esto les añade un interés anecdótico, pero también indica en cierto modo que no se les puede tomar del todo en serio además de añadir al conjunto cierto aire de fábula.

A este hombre de a pie se opone la gran personalidad, aquella de cuya forma de actuar depende el destino de millones de personas, de un país o varios, de los cambios producidos en su época incluso. El que aparece aquí es Richard Nixon, pero igual podría haber sido cualquier otro.

“¿Puedo aceptar que fuese tan imperfecto, tan indeciso como era, las enormes fisuras en su personalidad, en sus convicciones, en su moral? ¿Hay algún político que no haya vendido su alma diez veces antes incluso de ocupar el cargo?”

Buena (s) pregunta (s). Hacen pensar que si de verdad supiésemos en manos de quien o quienes estamos, temblaríamos todo el tiempo como hojas en una ventisca.

La utilización del presente a lo largo de toda la novela tiene funciones muy concretas. Por una parte, da la sensación de que lo narrado está ocurriendo casi a la vez que se lee y eso, de algún modo, lo convierte en verosímil. Por otra, quien escribe evita tener que recordarlo todo: no se trata de un ejercicio de memoria, por lo que se deja en libertad al personaje –y, de resultas, a la novelista– para olvidar el contenido de los días a medida que estos transcurren.

Pienso además que le sobran páginas. El último tercio flojea bastante, y es que mantener la atención a base de sorpresas es sencillo pero resulta inevitable que el nivel se resienta.

En España acaba de salir no hace ni un par de meses y, por lo que se ve, está lejos de convertirse en el best seller que yo había supuesto. Factor este que añade (algo más de) interés a una obra en mi ideario particular.


MAY WE BE FORGIVEN – PRIMERA EDICIÓN: 2012 – EN ESPAÑA: 2014 (EDITORIAL ANAGRAMA – COLECCIÓN PANORAMA DE NARRATIVAS) – TRADUCCIÓN: JAIME ZULAIKA – PÁGINAS: 656

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