El sueño de la historia, de Jorge Edwards


Ocurre raras veces, pero cuando una lectura resulta más placentera de lo habitual desearíamos alargarla indefinidamente, quedarnos con el título en cuestión como con un compañero fiel, para seguir leyéndolo durante años. Alternarlo, quizá, con otros libros para volver a él cada vez que nos apetezca con la seguridad de que no dejará de sorprendernos. Son obras que se leen despacio, saboreándolas, sin escatimar tiempo para su disfrute, porque, en lugar de alimento circunstancial y prescindible, las consideramos todo un festín.

Nos encontramos ante lo que podríamos considerar virtuosismo puro, que se alía con un alarde de indiscutible buen gusto. Se trata de metaficción en estado puro, de un relato que se refleja y alude indefinidamente a sí mismo. Los argumentos se entrelazan: el amor indestructible de Toesca, el apasionado temperamento de Manuelita, la eterna (y erótica) divergencia ideológica entre Cristina y el Narrador, el conflicto generacional que aleja a Ignacio-chico de sus padres aliándolo, en cambio, al abuelo –entre otras muchas anécdotas– van perfilando gradualmente el Chile de los últimos dos siglos.

Ocasionalmente, en el retrato de algún personaje, Edwards se aproxima al esperpento valleinclanesco:

“El gobernador, capitán general, presidente de la Real Audiencia, se saca la peluca empolvada y la deposita con cuidado en el correspondiente reposapelucas, que le llega hasta la altura del ombligo. Su ombligo es el nudo carnal, el plexo solar de la Capitanía, así como el ombligo del rey, Su Majestad Cesárea, es el plexo, el nudo de todo el Imperio, regido por la cabeza, pero también por el vientre, por los humores de la línea baja, agrega, riéndose, y se tapa la boca porque le faltan dos dientes, a pesar de que está solo y como Dios lo echó al mundo, con su pelo de color de zanahoria en la cabeza, y un vello espeso y del mismo color sobre la panza poderosa, casi escandalosa, y encima de los colgantes genitales, ¡demasiado colgantes! Ha escuchado rumores en los últimos días y está preocupado…”

De esta forma, logra parodiar a todo un régimen político, ridiculizándolo y manifestando su desprecio. Por ese y por otros similares, sobrevenidos en tiempos más recientes, según evidencia este párrafo:

“… y tuvo, fuera del libro, de un modo paralelo y que perturbaba la lectura, imágenes de campesinos del Valle Central de Chile, con sus ojotas, con sus chupallas, con sus manos callosas y oscuras, con sus ojos aguachentos, junto a una boca negra abierta en la tierra. Después fueron imágenes de huesos entre la cal, huesos mezclados con tierra, con botones, con pelos, con restos de zapatos. Más tarde, mientras se colocaba una camisa limpia y se hacía el nudo de una corbata sobria, apta, se decía, para rituales de muertos, se empinó por encima de su balcón, tratando de no mancharse con el polvo, con las cagarrutas, y vio que habían llegado hacía rato fuerzas de carabineros protegidas con cascos, máscaras, cachiporras, fusiles para lanzar bombas lacrimógenas.”

En ese infinito juego de perspectivas, en las multiplicaciones especulares que nos recuerdan a las técnicas del arquitecto Toesca al diseñar sus monumentales palacios, el pasado y el presente se abordan con métodos radicalmente distintos. A uno simplemente lo atisbamos –de lejos y, a veces, con las lentes del verbo en condicional– el otro, en cambio, lo manoseamos, transitamos por sus veredas, escuchamos hasta los siseos, incluso la menor de las voces en sordina. Es decir, el primero solo lo barruntamos, mientras que el segundo lo percibimos claramente.

Pero en la historia, la de verdad, no la novelada, siempre quedan enigmas. Un argumento verosímil nunca puede estar concluso porque la vida sigue y proporciona constantes sorpresas. Pues, aunque no dudemos de la dificultad de establecer una convincente y veraz perspectiva histórica, nos consta, tal como señala el Narrador ahora convertido en Personaje por obra y gracia del novelista, que:

“El Presente siempre es más confuso, más incierto, menos ficticio. Siempre cuesta más introducirle un poco de coherencia.”


PUBLICACIÓN: 2000 – TUSQUETS EDITORES  – PÁGINAS: 456

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