El manuscrito carmesí, de Antonio Gala


                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                        La mayor diferencia que existe entre los cristianos y nosotros no es la religión, sino la forma de entender y de vivir la vida. Alguien puede opinar que tal forma es la consecuencia de nuestras religiones; yo opino exactamente lo contrario: cualquier pueblo acaba por acomodar su religión y su pensamiento a sus actitudes y a sus comprensiones, a sus modos de amar y de apenarse, y de gozar y de aguardar la muerte.                                                                                         El manuscrito carmesí                     
En esta obra, Antonio Gala aborda la biografía –aproximada y novelada– de Boabdil, el hombre que hubo de ceder todo un reino. Estaba segura de que no me iba a gustar demasiado. Reconozco que nadie me ha obligado a leerla, pero de vez en cuando viene bien confirmar lo que se anticipa para asegurarse de que funciona la intuición. Desde luego, sus posibilidades comerciales están más que demostradas, tampoco voy a negarle su capacidad de entretener, pero me da la impresión de que se ha pagado un alto precio, pues estas ventajas se han obtenido a costa de la coherencia literaria. Pongo ejemplos.                                                                                                                   
Cuando los personajes históricos presentan mentalidades tan alejadas de la nuestra es mejor ser prudentes. Hacerles hablar sin orden ni concierto es un signo de condescendencia –uno más entre otros– para el lector menos avezado, que se divertirá escuchando lo que dicen en vez de aceptar que esas voces están definitivamente enterradas. Pero cualquiera con un mínimo de capacidad crítica sentirá vergüenza ajena cada vez que escucha al protagonista dialogar con su esposa como si de una pareja moderna y occidental se tratase, por poner un ejemplo elocuente. En general, los diálogos resultan, sencillamente, inconcebibles.

Hay que reconocer a Gala un trabajo de investigación realmente meritorio. Pero cuando estos conocimientos no se exhiben, cuando se ocultan en su mayor parte utilizando exclusivamente aquellos que necesita la trama, la ficción histórica sale ganando. En cambio aquí encontramos párrafos enteros que son meros pretextos para manifestar la propia erudición y no añaden absolutamente nada al conjunto. Contrastando con esto, encontramos un Boabdil con un rostro (sentimientos, opiniones, conocimientos, mentalidad) más parecido al dramaturgo cordobés que a la figura histórica que está biografiando. Esto da lugar a dos defectos de bulto. En primer lugar, convierte al texto en mero pretexto para realizar un ejercicio de introspección más propio de unas confesiones personales que de una novelización histórica. En segundo pero no menos importante, este monólogo por personaje interpuesto da lugar a intolerables anacronismos.

“Sobradas penas tiene el hombre como para incrementárselas con el helador concepto del pecado, que otros hombres se creen con derecho a perdonar o castigar aquí.”

Un botón más de muestra: resulta difícil imaginar un Boabdil que contemple España como una nación independiente y completa, ni que su visión político-social se pareciese sospechosamente a la de un occidental culto nacido casi cinco siglos más tarde –por muy adelantado que estuviese en comparación con los cristianos de su época– ni que su terminología fuese idéntica a la actual. Esto significa, por una parte, eludir un esfuerzo de adaptación imprescindible, por otra, facilitar la lectura a los menos exigentes a costa del rigor histórico.

“Después de la batalla de las Navas de Tolosa, en 1212, los goznes de las puertas de Andalucía rechinaron y crujieron para empezar a abrirse. El reino musulmán que subsistía –Granada– solo podía seguir subsistiendo si pronunciaba su propia sentencia de muerte: el vasallaje. Nada tenía remedio y todos lo sabíamos (…) La prueba de lo que digo es que ya entonces, en los primeros tiempos de la Dinastía, como se actúa en un coto de caza, Jaime I y su yerno Alfonso X, el hijo de el Santo, se repartieron lo que llaman la reconquista. Para ellos fue un asunto de familia…”

En cuanto a lo estrictamente histórico, no tengo base suficiente para apreciar incongruencias. Me ha extrañado, sí, tanta entrevista no protocolaria, mantenidas a solas y de índole amigable, con personalidades del otro bando, entre ellas, nada menos, con Gonzalo Fernández de Córdoba. Esa cordialidad y ese entendimiento me parecen excesivos (¡por favor! si se diría que están a punto de irse los dos de copas). Me pregunto, además, si está documentado que ambos dominaban el idioma del otro.

Tampoco hay que desdeñar los detalles. La justificación literaria mediante el recurso del manuscrito encontrado se encuentra más que sobada a estas alturas. Ha llegado a molestarme que utilice invariablemente el adjetivo cromático las decenas de ocasiones que alude a esos papeles. ¿Habrá pensado que somos tontos? Sin embargo, pasa de puntillas por los sucesos verdaderamente importantes. Ni siquiera se molesta en describir las batallas y, lo que es peor, omite información tan imprescindible como los hechos concretos que condujeron poco a poco al estado de cosas que describe. Esto nos deja con la sensación de pérdida de tiempo: tanta introspección ficticia durante páginas y más páginas, pero seguimos sin comprender bien el proceso religioso, político y social que tuvo lugar en la segunda mitad del siglo XV.

No niego que encontrarán párrafos de excepcional intensidad poética y profundas reflexiones –aunque resultarían mucho más efectivas en cualquier otro contexto–, tampoco hay que pasar por alto el excepcional oficio literario del autor. Pero, como apunto más arriba, para elaborar una buena novela histórica es preciso añadir ingredientes que la conviertan en buena novela a secas, independientemente de su género.

PUBLICACIÓN: 1990 – VARIAS EDICIONES – PÁGINAS: 500 (aprox.)

Comentarios

  1. A menudo sucede esto con Gala: está tan encantado de haberse conocido que termina convirtiendo la obra que sea en una enorme charla con Troylo en la que habla de lo que le parece, y no de lo que el título haría esperar.

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  2. Aparte de eso, creo que no he dejado claro que el que habla no es Gala sino Boabdil. O sea, que todas esas reflexiones se supone que son suyas, no del autor de la novela. De ahí la incoherencia de todo el libro.

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  3. Lo has dejado muy claro: es uno de los fallos del libro: el atribuir a Boabdil una serie de reflexiones que, al no pertenecerle en realidad a él, a veces caen en el anacronismo (entre otras cosas), sin que el autor se tome la menor molestia en darles algún aderezo a sus reflexiones encubiertas. Desde hace muchos años, décadas tal vez (y este libro no es nuevo), Gala sabe que tiene un público incondicional que le va a leer o a ver escriba lo que escriba y estrene lo que estrene, y a eso se ha acomodado. Esto, referido a su teatro, ya lo denunció Haro Tecglen allá por los años 90, cuando tuvieron una sonora agarrada a raíz de un estreno. Aquí te dejo un enlace de la crítica de Haro que por su parte cerró el asunto:
    http://elpais.com/diario/1994/09/27/cultura/780620401_850215.html
    He leído poco de Gala, dos o tres obras de su primer teatro y algunos artículos periodísticos, nada más. De su prosa, empecé alguna vez a leer algún libro, pero lo dejé a las pocas páginas. No soporto ese defecto que con toda razón le atribuye Haro: su tendencia a pontificar y a creerse en posesión de la verdad absoluta.

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  4. Nunca he leído ninguna novela suya pues, no sé por qué, intuí que iban a ser así, oye ¡qué ojo tuve! Pero tenía esta por casa y por eso me decidí a participar en una lectura conjunta (sureña), que si no paso ampliamente.

    Lo que sí seguí, más o menos, fue su teatro, y reconozco que me entusiasmaba por aquel entonces. Claro que aquello era la prehistoria, ahora no sé lo que me parecería.

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