Una ventana al norte, de Álvaro Pombo

Disfrutaremos mejor de esta novela si prescindimos de expectativas previas y nos dejamos llevar por los caminos que este experimentado autor ha tenido a bien recorrer. Si hubiese que clasificarla, diría que se trata de una novela de personaje, que la arbitraria forma de ser de este, su tendencia a ir a la contra, es el motor fundamental del argumento. Todo gira, pues, en torno de Isabel de la Hoz, nombre ficticio para designar a una antepasada del novelista cuya huella en la posteridad tuvo hondura suficiente para convertirla en eje de una trama ficticia.
Santanderina e hija única de una familia acomodada, Isabel es algo más que un pretexto para criticar la aburrida y convencional vida de provincias en la España de principios del s. XX, algo más que un medio para contrastar el apoltronamiento político de este lado del charco con la furiosa efervescencia de la política mejicana de entonces, algo más que un vehículo para poner en tela de juicio muchas ideas preestablecidas. Podemos afirmar que posee entidad propia, pero por desgracia, la conocemos más por el negativo de su retrato que por una serie de rasgos específicos. Está claro que es rebelde y poco acomodaticia, que se guía por irreflexivos impulsos, que su afán de independencia está por encima de todo, se sugiere, incluso, que posee una vena desquiciada de nacimiento: la llamada “ ventana al norte” que parece justificar todos sus actos.
Pero, en literatura, hasta lo anárquico ha de mantener cierta coherencia, solo hay que recordar al (para mí) desesperante Ignatius J. Reilly en La conjura de los necios, con aquella imprevisible, pero absolutamente compacta y verosímil, línea de conducta. Pombo posee una  personalidad literaria tan original como audaz y la habilidad necesaria para dar a la acción un sesgo particular, pautas establecidas al margen. Aplaudo sin dudar esa mixtura entre relato, reflexión y descripción en el que –aparte de imponer su sello– genera interés hacia toda clase de cuestiones sin perder nunca de vista el hilo principal. Pero este queda algo perjudicado, no por la técnica en sí, sino por usarla como excusa para una ambigüedad –tanto en el retrato de la protagonista como en el reflejo de los sucesos históricos– que Pombo no consigue defender del todo aunque en su epílogo se esfuerce en intentarlo. Creo no exagerar si afirmo que el carácter dibujado con mayor precisión no es el del personaje principal sino el de un secundario, aunque esencial e inevitable, don Ubaldo, el cura que da la réplica a Isabel y personifica la actitud cobarde y acomodaticia de la perseguida iglesia mejicana.
Quiero dejar bien claro que –preferencias personales aparte– nos encontramos ante un texto de primera categoría, perfectamente estructurado, profundo en sus planteamientos, cuya prosa se complace en parafrasear la sintaxis del norte peninsular y cuyo argumento se desarrolla con la contundencia precisa, sin indecisiones de principiante.  Aún así, me ha faltado que los personajes se dejen ver un poco más, que se expliquen a través de sus actos, que esa guerra –más o menos soterrada, más o menos explícita– que sostiene el gobierno laico contra el pueblo católico, ante la interesada pasividad de la jerarquía eclesiástica se presentase –ya que no en primer plano pues, según parece, no era ese el objetivo previo– con contornos algo más definidos.Quizá el quid de la cuestión se encuentre en la propia génesis del texto. 
Porque, tal como explica en ese clarificador epílogo, Pombo se topó con información sobre las guerras cristeras en pleno proceso de creación y no pudo resistirse a incluirlo en su novela. Me pregunto si conciliar ambas realidades fue la mejor idea o no hubiese sido mejor haber construido para cada una de ellas un espacio propio donde sus perspectivas específicas hubiesen prosperado libremente.


PRIMERA EDICIÓN: 2004 - VARIAS EDICIONES - PÁGINAS: 320 (aprox.)

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