Un detective en Babilonia de Richard Brautigan

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Se ha llegado a afirmar que un texto no llega a estar completo del todo hasta que las lecturas sucesivas van añadiendo nuevos puntos de vista, visiones particulares que el autor no hubiese sospechado jamás. Según esta teoría, habría tantos El viejo y el mar o La guerra del fin del mundo como lectores han pasado por sus páginas. Es decir, por mucho que lo intente y sean cuales sean sus criterios literarios, ningún lector puede (ni debe) ser objetivo del todo. En mi caso, reconozco que tengo cierta fobia a las novelas cuyo protagonista es un auténtico desastre, me agotan los personajes que se empeñan en destrozar sistemática y absurdamente la vida que le ha tocado en suerte. Me ocurrió con La conjura de los necios y, mucho más tarde, con El hombre de mazapán, si bien he de admitir que, a pesar del mal humor que acumulé al leerlas, se trata de dos grandes obras.
No es el caso de Un detective en Babilonia, artefacto pretendidamente policíaco que pretende ser descacharrante, aunque se queda muy corto en uno y otro aspecto. Aplaudo la audacia de Brautigan, su desfachatez. Y poco más. Porque inventiva no parece que le sobre, trampas narrativas las hay a raudales, ligereza es lo que predomina. Puede tener buena acogida entre adolescentes, ser aprovechada por los nuevos lectores, recurrir a ella cuando no queremos meternos en honduras pero, a pesar de los adeptos de ahora y entonces, no negaré que decepciona.
Los simpatizantes de la iconoclastia, la desmitificación y la falta de respeto –entre los que me cuento– comenzarán llenos de expectativas. Quienes, como yo, disfruten con las enrevesadas tramas del género negro se relamerán antes de empezar. Si sentimos debilidad por lo metaliterario nos atraerá la –en principio– atractiva combinación de sueño y realidad que se emplea de forma recurrente. Pronto todo esto se va desinflando: la fantasía resulta demasiado plana y falta de vuelo, los cabos sueltos no acaban de atarse como es debido y la burla no pasa de su correspondiente ración de desvergüenza reducida a un conjunto de tópicos.
Así y todo, encontrarán grandes dosis de ternura, crítica a raudales y algunos gloriosos momentos:
“Los inquilinos lloriqueantes permanecieron en la parte superior de las escaleras. Formaban un pequeño grupo que susurraba y plañía de forma bastante amateur. No eran muy buenos en eso. Claro que, ¿se puede ser un buen plañidero con una patrona difunta que tenía muy mal genio y era una fisgona? Tenía la mala costumbre de fisgar por una ranura de la puerta de su apartamento y escrutar las idas y venidas de todos los del edificio. Tenía un oído increíble. Creo que en algún lugar de su árbol genealógico había un murciélago.Bueno, el asunto se había acabado para ella.”

DREAMING OF BABYLON – PUBLICACIÓN: 1977 – (EN ESPAÑA: VARIAS EDICIONES ) - TRADUCCIÓN: KOSIÁN MASOLIVER - PÁGINAS: 200  (aprox.)

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