Vida y obra de Marguerite Yourcenar


APUNTES DE LA CONFERENCIA IMPARTIDA EL PASADO MARTES 4 DE MAYO EN EL CENTRO CULTURAL PABLO PICASSO DE TORREMOLINOS POR EL PROFESOR JEAN PIERRE CASTELLANI, ESTUDIOSO DE LA ESCRITORA Y AUTOR DE OBRAS COMO JE MARGUERITE YOURCENAR, DE UN JE A L’AUTRE (2012)

Comienza Castellani señalando al auditorio que M. Yourcenar falleció hace casi treinta años, en 1987, y sin embargo sigue viva en la memoria de lectores, editores y críticos. Pues no solo su obra se continua reeditando –incluida la póstuma Le tour de la prison, publicada por Gallimard–, además, tenemos la suerte de contar con nuevos documentos fundamentales para conocer su vida y su obra. Biografías como Marguerite Yourcenar, l'Invention d'une vie (1993), Vous, Marguerite Yourcenar : la passion et ses masques, (1995), Qu'il eût été fade d'être heureux (1998), o la publicación periódica de un epistolario constituido por miles de cartas, auténtico tesoro para los lectores interesados también en sus vivencias.
Ante todo, porque se trata de una autora atípica. A pesar de haber sido la primera mujer en acceder a la Academia Francesa, nunca fue, como podría suponerse, una persona moderada y autoritaria, construida de una sola pieza sin fisuras, y eso puede observarse tanto en las obras mayores como en sus textos más periféricos. Pero además, las sucesivas biografías han ido destapando aspectos, como su concepto de la vida o la relación con su padre. Ellas nos devuelven la imagen de una mujer desdoblada, que a pesar de haber conocido el éxito antes de los treinta años poseía una personalidad compleja, dramática y hasta contradictoria. Su pasión por los viajes, por ejemplo, esa cualidad errante nacida de la afición paterna, que no abandonó más que en la etapa de la enfermedad de Grace Frick, su gran amor, y que reanudaría tras su muerte. Christian Dumais-Lvowski y el fotógrafo Saddri Derrajdi explican e ilustran esto en La promesse du seuil. Un voyage avec Marguerite Yourcenar, siguiendo las andanzas por Marruecos, ya en 1987 –el año de su fallecimiento– de una Marguerite madura, cansada, enferma y, aún así, todavía con un porte magnífico, que habla de sí misma, de sus viajes rituales, y que continua tan puntillosa como siempre en la elección de rutas y alojamiento. Ese año todavía quiso volver a la India y a Roma, incluso conocer nuevos países, pero la enfermedad le ganó la batalla y tuvo que anular el viaje previsto.
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Para ella, el mundo es frontera y, a la vez, cárcel, alrededor de la cual hay que girar (mediante lecturas, encuentros, conferencias, viajes etc.) Sin embargo, nunca estaba satisfecha del todo, afirmaba haber dado la vuelta a su prisión todo lo posible y lamentaba no haber tenido tiempo de visitar, uno por uno, todos los países. Pasó la mayor parte de su vida fuera de Francia y vivió rodeada de un ambiente anglosajón, pero escribió toda su obra en francés y, como lo que marca la nacionalidad de un escritor es el idioma, se la considera una autora francesa tanto en ese país como en el resto del mundo. Debido a que fue educada por su padre en casa –le enseñó varios idiomas y a leer a los clásicos– y, por tanto no acudió a la escuela, ni tuvo acceso a una cultura de calle ni existía la televisión en esa época, siempre utilizó un francés muy académico.
A pesar de su indiscutible interés por la política, nunca militó en ningún partido. Tampoco ocultó su ideología progresista, que expresó implicándose en reivindicaciones sociales y ecológicas, firmando manifiestos y exponiendo públicamente su opinión.
Siendo muy joven, durante una corta estancia con su padre en Inglaterra, concibió la idea de Memorias de Adriano, obra que la acompañaría durante más de veinticinco años y que acabaría convirtiéndose en su gran éxito. Por entonces, era costumbre publicar las primicias de una obra en revistas culturales de alto nivel. Cuando Gallimard leyó esos extractos, se empeñó en publicar la novela. Pero ella se negó y, como la mujer testaruda y peleona que era, mantuvo esa postura hasta el final. Tras meses de litigios, ganó ella. La editorial no consiguió esa primera edición, aunque la pudo publicar más adelante. Por suerte, pues resultó un filón indiscutible. Gracias a la novela, su vuelta a Francia en el 51 no es el regreso de una desterrada sino la de alguien que llega para conquistar su propio país. Una novela que, en cierto modo, son tres: la imaginativa, pues el personaje histórico jamás escribió esas memorias; la erudita: páginas finales donde utiliza la tercera persona para mostrar todas sus fuentes con la intención de que los historiadores no puedan reprocharle nada y, por último, una especie de cuaderno de notas: cuarenta y ocho párrafos cortos a modo de confesión de la autora sobre su proceso creativo.
Compara, Castellani, a Yourcenar con Borges. Por el cosmopolitismo de este en obra, vida y mundo interior, por la frialdad con que se expresa y por su voluntad de alcanzar la serenidad filosófica. Ambos se encontraron, al menos, en una ocasión, cuando Marguerite, en uno de sus viajes, le visitó en un hotel de Génova. Ella misma, como una doctoranda joven que entrevista al genio consagrado, narró el emocionante diálogo que ambos sostuvieron, diálogo que impresionó mucho a la escritora.
Todos estos datos se ampliaron en el turno de preguntas, momento en que el conferenciante –con gran generosidad después de dos horas exponiendo– se explayó sobre las visitas de Yourcenar a Andalucía, la presencia de Memorias de Adriano en el imaginario colectivo, el valor de las diversas traducciones del texto o su diferencia de los best sellers históricos.

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