San Manuel Bueno Martir, de Miguel de Unamuno

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No puedo estar menos de acuerdo con las tesis sostenida por Unamuno en esta novela ni sentirme más distante del clima espiritual que se describe en ella. Mantener a un pueblo en la ignorancia, inculcarle la doctrina católica a sabiendas de que se trata de una completa falsedad para impedir los conflictos derivados de ese estado de inocencia infantil y primitiva me parece un precio excesivo. Pero es que, además, está demostrado que, si bien la cultura no garantiza nada, la barbarie suele engendrar barbarie. Lo que se deriva de algo así no es precisamente una sana convivencia vecinal, sino la eliminación de cualquier carga crítica, y eso conlleva abusos e injusticias. Puede que en una sociedad así se produjesen menos altercados, pero a costa de una paz que no es otra que la de lo cementerios.

Quien se toma como una cruzada personal esa evangelización constante, empeñándose en que no se abra una sola brecha en las creencias de sus convecinos, es el propio Manuel, un joven cura nacido en esa parroquia. Me dirán que no tiene nada de extraño, que esa es, precisamente, la labor de todo sacerdocio. Y es verdad, pero en este caso la incredulidad del sacerdote se va haciendo cada vez más evidente gracias al testimonio de Ángela Carballino, la narradora, una muchacha de la aldea que representa la inteligencia pura y la fe incondicional. Una fe tan grande como su admiración por el personaje: a través de sus ojos, iremos viendo la evolución de este, su gran drama, su vida torturada por la impostura que se ha obligado a mantener para salvaguardar un ideal que está solo en su mente. Esta actitud solo puede acabar en tragedia, aunque la visión idealizada de Unamuno nos presente un efecto que se pretende positivo: la conversión de un ateo recalcitrante representado en la persona de Lázaro, el hermano de Ángela. (Nótese la simbología de los nombres propios).

Personalmente, no me parece que esa conversión insólita esté suficientemente justificada en el texto, aquí Unamuno peca, en mi opinión, de falta de verosimilitud. Y con ello acaban los defectos que encuentro en la novela. Todo lo demás es tan perfecto que la convierte en una joya modélica. El ambiente del lugar, retratado en unas pocas y certeras pinceladas, ese paisaje descrito con una sinceridad y cuidado difíciles de encontrar hoy, la descripción de los caracteres, la progresión de los hechos… En estas pocas páginas no encontramos nada que rechine, al contrario, es como una obra de orfebrería construida con cuidado y paciencia en la que, a pesar de su brevedad, no se ha escatimado tiempo ni esfuerzo.

El viejo conflicto entre fe y razón se plantea aquí de acuerdo a la mentalidad de 1930, pero lo interesante es quién lleva a cabo la revisión: una mente tan torturada como la del propio san Manuel.

PUBLICACIÓN: 1930 – CLÁSICO: VARIAS EDICIONES – PÁGINAS: 150 (aprox.)

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