TEXTOS: Novela policiaca y testimonio social (II)

La aldea global es una novela nueva (Cont.)
Por Javier Valenzuela (El País, viernes 31 de julio de 2009)

El thriller se ha globalizado. En un doble sentido: sabemos más de cada país concreto y también sabemos más de cómo funcionan las relaciones internacionales. Sobre lo primero: ahora leemos en cualquier parte del mundo a autores que nos cuentan cuáles son los crímenes de sus respectivas sociedades. Ya no nos enteramos sólo de lo que pasa en Estados Unidos (fantástico, por cierto, el relato del Katrina de James Lee Burke en Huracán del que sirva de ejemplo esta frase: “Era el Air Force One. Después de tres días, mister Bush no se ha dignado venir a sobrevolarnos… Joder, no sabes lo bien que me siento ahora”): Terminó el monopolio estadounidense y ahora también nos enteramos de lo que ocurre en Suecia (Mankell, Larsson), en Sicilia (Andrea Camilleri), en Venecia (Donna Leon), en Grecia (Petros Markaris), en Argelia (Yasmina Jadra), en Suráfrica (Gillian Slovo, Deon Meyer), en Israel (Batya Gur), en Francia (J. P. Manchette, Didier Daeninckx, Fred Vargas), en España (Andreu Martín, Juan Madrid, Lorenzo Silva), en Reino Unido (Ian Rankin, P: D. James)… Descarnados y cabales, los libros de estos autores son mucho mejores que las guías para comprender sus países: quiénes mandan, cómo ejercen el poder, cómo se busca la vida la gente de a pie…
Pero también hay cada vez más novelas sobre política internacional: sobre las pugnas por el petróleo, sobre las guerras de Afganistán e Irak, sobre la tragedia palestina, sobre los métodos de las agencias de espionaje en la lucha contra el terrorismo yihadista (El prisionero de Guantánamo, de Dan Fesperman), sobre las farmacéuticas en África (El jardinero fiel, de John Le Carré)… La visión del mundo que se desprende del thriller político contemporáneo es más compleja y menos maniquea que la de Fox News. Los malos no son sólo caudillos izquierdistas latinoamericanos, oligarcas rusas del gas y jeques árabes que financian redes yihadistas. Entre sus villanos también hay políticos y funcionarios de Washington dispuestos a cualquier cosa con tal de que el viejo imperio siga mandando sin que nadie le chiste. Y mucha gente de la CIA que intercepta movimientos, conversaciones telefónicas y accesos a Internet allí dónde les place. Y cardenales maquiavélicos del Vaticano, banqueros suizos corroídos por la hipocresía, especuladores de múltiples pelajes y hasta un primer ministro británico (El poder en la sombra de Robert Harris) que, por oscuras razones, arruina su brillante carrera política para ponerse al servicio de Bush.
SIGUE

Comentarios