domingo, 25 de septiembre de 2016

Una nubecilla, de James Joyce

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En la vida de todo auténtico genio se da un momento decisivo, aquel en que ha de asumir su genialidad, lo que hay de excepcional en su talento, y la mayor parte de las veces esto se produce, no como revelación espectacular sino de una forma mucho más modesta, casi como un fracaso. El mecanismo es sencillo, imaginemos el mortal aburrimiento que experimentaría un Joyce, pongamos por caso –pero también un Picasso y, en otro ámbito, los Verne, Copérnico, Einstein, Da Vinci etc.– cuando, de forma más o menos explícita, comprendieron que, casi desde el comienzo de su trayectoria, habían sobrepasado todas las expectativas en el campo que se propusieron cultivar. En el caso que nos ocupa, James Joyce completó un volumen de relatos perfectamente construidos que demuestran una gran agudeza psicológica y una perfecta comprensión de la sociedad que le tocó en suerte, creando personajes complejos y creíbles, argumentos verosímiles y un significado multifacético mucho más complicado de lo que se aprecia a primera vista.
Sobre el relato titulado Una nubecilla, que forma parte del volumen Dublineses publicado en 1914, años antes de Ulises y de Retrato del artista adolescente, no he tenido la oportunidad de leer los sesudos análisis que, probablemente, se han publicado desde que la obra se editó por vez primera, ni siquiera todo lo que aparece en la red, pero lo que he encontrado hasta ahora se basa, creo, en lecturas excesivamente simplistas para una narración de tanto calado.
Así, a bote pronto, me gustaría destacar que Una nubecilla es, entre otras muchas cosas, un exhaustivo análisis de la envidia. Hay espíritus insatisfechos cuyo estado de ánimo les impulsa a alcanzar cotas más altas, pero muchos otros mantienen un permanente estado de alerta que les lleva a escudriñar, y consecuentemente a codiciar, cualquier bien, objetivo o subjetivo, material o espiritual, poseído por sus congéneres que ellos consideren deseable. Y para individuos como este casi cualquier posesión o estado constituye objeto de deseo.
No estoy segura de que Joyce, contra lo que una primera ojeada parece dar a entender, haya querido presentarnos a un pobre diablo, con una vida desastrosa, que se deja obnubilar por el éxito rutilante de su viejo compañero de fatigas. En mi opinión, el autor ha creado en la persona de Chico Chandler el prototipo de estos especímenes. Ni considero que el protagonista lleve una vida tediosa ni que tenga un chaval especialmente latoso ni que su esposa le coarte la libertad con elevadas exigencias (interpretación particularmente machista que he encontrado por ahí, y que no he leído en estas páginas, pese a la época y lugar en que fueron escritas). En ninguna parte dice que Chico Chandler –a quien todo lo suyo, incluida su estatura, le parece denigrante, al menos en el momento de ir al encuentro de Gallaher– haya renunciado a ninguna vocación literaria ni a otra brillante perspectiva por el hecho de contraer matrimonio. Igual que pienso que existen multitud de chicos chandler, estoy convencida de que, si se intercambiasen los papeles, el personaje se sentiría exactamente igual de frustrado, pues consideraría que haber luchado para convertirse en triunfador le habría impedido disfrutar del amor y la estabilidad familiar y contemplaría admirado a la persona que ha conseguido unos bienes mucho más valiosos que los puramente materiales. La escena que le muestra arrepentido de su suerte, sin ningún apego por el bebé que tiene en sus brazos, no es un reproche del autor a la madre que le ha dejado solo con él (recordemos que ella ha salido a por té y azúcar a la tienda para cumplir el ritual junto a su marido a la hora adecuada, y qué antes él había empleado el tiempo que estimó conveniente en almorzar en un restaurante con su amigo) sino el preciso momento en que su obsesión hace crisis, al asustar al niño de tal forma que le pone en peligro de ahogarse.
Pero el carácter de Chandler es tan voluble e inconsistente que ese estado de ánimo dura lo que un suspiro, lo que tarda una nubecilla en pasar. En consecuencia, el susto resulta providencial pues, si no llega a hacer que recapacite a fondo ya que no es hombre de profundos planteamientos, sí le fuerza a deponer una actitud que, en su caso, no conduciría más que al desánimo y la amargura. No conviene generalizar en cuestiones como esta, pero tal como Joyce nos lo presenta, si el personaje eligió ese camino en concreto es porque, en su momento, intuyó que era el más apropiado para un carácter como el suyo, acomodaticio y poco propenso a ajetreos excesivos y riesgos fuera de lo común.
Volviendo al principio, si un escritor comienza su carrera con un puñado de piezas tan redondas como esta, ¿cómo acabará? La respuesta es obvia: frustrándose para el resto de su vida, o bien, escribiendo el Ulises.

sábado, 10 de septiembre de 2016

La tierra que pisamos, de Jesús Carrasco

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No, no me ha decepcionado. Contra todo pronóstico, y a pesar de lo que repetían los agoreros, a saber, este autor es un bluf y su novela (se referían a la primera) una construcción artificial que no se va a concretar en una obra posterior coherente; es imposible que su autor, con lo que conocemos de él, con su rostro, su origen, su profesión de publicista, su edad... (sobre todo su edad) sienta el ambiente rural de esa manera, todo lo que dice es impostado, hasta el vocabulario resulta demasiado preciso, muy rebuscado, quizá. Bien, el propio autor reconoce que cargó un poco las tintas con la profusión de términos campesinos o apenas usados debido a la poca entidad de sus significantes. Pero el amor por lo rural es auténtico. Y el futuro se lo está construyendo él solito, con su esfuerzo, su constancia, un rigor poco común en estos tiempos y por tanto más que encomiable, y el talento que le ha tocado en suerte. A ver quién da más.
Todo el mundo tiene derecho a juzgar una obra, lo que no me parece de recibo es opinar sobre la dirección de una carrera. Si Carrasco ha decidido tomar ese camino ¿quienes somos los demás para juzgarle? Otros -en concreto, la generación que le precede- se han hartado de escribir sobre la guerra civil, que no vivieron que probablemente no les interese tanto, simplemente porque era un filón, estaba de moda, lo hacían todos. Y eso sí que me parece impostado. Ahora que tenemos perspectiva estamos viendo que, refugiados en una problemática bastante ajena a ellos, olvidaron hablar de su generación, de los problemas del presente, de los propios conflictos personales, de sus particulares fetiches estéticos.
El paisaje de Carrasco carece de cronología, ninguna de las dos novelas que tiene en su haber concreta sus coordenadas temporales. Se trata de fábulas, de parábolas, de alegorías con una clara intención ética, aunque expone sin juzgar y ese es uno de sus méritos. La tierra que pisamos es más inconcreta, si cabe, que Intemperie, ya que se trata de una ucronía, es decir, no se apoya en ninguna circunstancia histórica real. Lo que sucede en la novela es bastante improbable -al menos en la Extremadura posterior a 1900, que es la que aparece retratada- pero no del todo imposible. De hecho, se inspira en una serie de acontecimientos conocidos por todos que tuvieron lugar en diferentes fechas y en los puntos del planeta más diversos.
No niego que Carrasco está todavía encontrando su voz, le delata su excesivo apego a las referencias: Delibes todavía sigue ahí, McCarthy no tanto, y ahora aparece el Ramiro Pinilla de La higuera, no sé si casualmente, en la piel de ese personaje que, a causa de un trauma grave, con ánimo reivindicativo o no, ocupa un buen día un pedazo de tierra y se queda ahí, sin hablar con nadie ni dar más explicaciones, con la consiguiente conmoción y malestar creciente de los lugareños que le observan. 
Otro rasgo evidente es que sigue adquiriendo técnica. Como él mismo ha declarado en alguna entrevista, antes fue el rigor léxico, ahora el modelado de la estructura. Y lo hace minuciosamente, de la misma forma que, antes que él, tuvo que construirse cualquiera de los grandes. Eso indica que tenemos Carrasco para rato, que le queda mucho por hacer y que, si consigue lo que se ha propuesto, nos esperan unas cuantas sorpresas. Pero nos hemos acostumbrado al recurso fácil, al truco que no supone un gran esfuerzo, a estructuras endebles, a contenidos banales, a personajes clónicos. ¿Cómo vamos a reprochar a nadie que siga el camino opuesto y deje de dar gato por liebre?
Ya he indicado el arranque de la trama. Su desarrollo consiste en la investigación que realiza la propietaria de las tierras donde se ha aposentado el individuo en cuestión, un tal Leva, probablemente su antiguo dueño, y la recreación de las circunstancias que le arrancaron de ella así como de su familia y convecinos y le condujeron a campos de trabajo (nórdicos o centroeuropeos, según parece) donde cuadrillas enteras de esclavos cortaban y acarreaban madera con destino a las traviesas de un ferrocarril que suponemos de amplio recorrido. Encontramos aquí ecos de Siberia, del nazismo, la conducción a América de contingentes enormes de africanos y de cualquier colonialismo con sus caracteres, más que reconocibles, de desprecio por los seres humanos, su integridad física y sus sentimientos, cosificación, aprovechamiento de la fuerza del trabajo para enriquecimiento de sus promotores, condiciones de vida infrahumanas, anulación de voluntades hasta eliminar todo rastro de dignidad, pensamiento e identidad que les haga reconocibles como seres humanos. 
A esto hay que añadir el proceso de toma de conciencia que atraviesa la narradora, la asunción de culpabilidad -de la que le correspondería legítimamente y, en vista de que nadie asume nada y que la ocupación en sí y la forma de realizarla se considera inevitable, sensata y lógica- de la de su compatriotas; así como su particular proceso de comprensión de lo ocurrido y los torpes cambios que se producen en su forma de vida con el fin de remediar lo que tiene ya poco remedio.
El ritmo está perfectamente medido, la verosimilitud es total dentro de los parámetros que se proponen, la prosa irreprochable, la estructura compleja. No solo en cuanto a la cronología, también en el punto de vista, que teóricamente corresponde a la señora Holman pero empieza a diversificarse según va recurriendo a fuentes diversas (el susodicho Leva, un topógrafo militar, un cura, sus propias elucubraciones...) y hasta en la divergente interpretación de los hechos a medida que progresa la acción.

PUBLICACIÓN: 2016 - EDITORIAL SEIX BARRAL (COLECCIÓN BIBLIOTECA BREVE) - PÁGINAS: 272

lunes, 5 de septiembre de 2016

El corazón tardío, de Antonio Gala

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De corazones va la cosa. Pero lo que en la reseña anterior era un guiño irónico aquí se convierte en toda una declaración de intenciones. Bastante cursi, por cierto. 
Si piensan que no me ha gustado esta colección de relatos aciertan de pleno. Hay que reconocer que el autor ha sido extraordinariamente sincero, que deja al descubierto sus fantasmas, obsesiones y, en general, su forma de ver la vida, pero -excepto en algún caso aislado- no ha conseguido crear una trama atractiva, que enganche al lector, ni unos personajes que despierten su empatía. En general, resultan anodinos y no demasiado coherentes. Porque hasta el surrealismo y la  escritura automática precisan de un mínimo sentido, algo que no encontramos en Los rincones oscuros, por ejemplo, aunque hay que reconocerle cierto encanto lírico en parte de la sección III, hasta que deja de fijarse en el mar y pasa a otros asuntos:
"Uno se sienta y mira. Y ve el mar palpitando. Lleno de ramos encendidos, de botellas naranjas, de ciervos llenos por todas partes de raíces, de ojos de vidrio, de naúfragos dormidos en sus hamacas. / Se ve el mar ruidoso como un párvulo. Jugando sin descanso al rugby como un adolescente. Haciendo sin cesar el amor, como un joven etíope. Recordando, recordando como un viejo marino."
Los mejores, sin duda, los que me han tocado la fibra son La compañía y Día sin accidentes. Aún salvaría tres más. Quedan más de veinte que considero bastante soporíferos, sin garra, díficiles de llevar a término, pero no quería dejarme influir por prejuicios y los he leído muy atentamente. 
En muchos de ellos, ni siquiera se salva esa prosa que en sus novelas -aunque no sean santo de mi devoción- suele ser su punto fuerte.
Cuando se publicó este volumen Gala estaba en la cresta de la ola, había alcanzado un gran éxito con sus anteriores novelas, publicaba muy asiduamente y quizá se le apremiase para aprovechar el tirón. No podemos saberlo, pero estas cosas suelen ser producto de las prisas.

PUBLICACIÓN: 1998 - VARIAS EDICIONES - PÁGINAS: 220 (aprox.)

martes, 30 de agosto de 2016

Corazones solitarios, de Rubem Fonseca

Hasta el título tiene su poquito –mucho en realidad –de retranca. Este es un relato de Rubem Fonseca, un narrador brasileño, no muy conocido en España a pesar de su reconocida calidad, lo cual no es extraño pues la literatura de ese país, muy injustamente,  no ha tenido nunca una gran difusión en el nuestro. Se publicó por primera vez en 1975 formando parte del volumen Feliz año nuevo que fue traducido poco después al castellano, y ha sido incluido en otras antologías más recientes.
Fonseca descubrió su talento –o anduvo distraído con quehaceres (licenciatura en derecho, abogado penalista, comisario de policía) que enriquecerían su bagaje vital confiriéndole su particular idiosincrasia– casi rondando los cuarenta. Esa es, al menos, la fecha de su primera publicación. La última ha sido Historias cortas, colección de relatos aparecida el año pasado, nada menos que el nonagésimo de su vida. Fonseca se ha caracterizado por mantenerse concentrado en su trabajo, al margen de fastos y alharacas. Sufrió el acoso de la justicia en épocas de dictadura llegándole a secuestrar publicaciones por su molesta costumbre de no morderse la lengua. Todo ese esfuerzo y dedicación ha fructificado en más de una decena de novelas y cerca de veinte compendios de narrativa corta. En el exhaustivo prólogo a Los mejores relatos, una de las antologías traducidas al español, dice Romeo Tello Garrido:
“… las obras de Rubem Fonseca plantean siempre la idea de que el discurso literario es una indagación acerca de la realidad, indagación cuya finalidad no es resolver ningún tipo de problemas sociales; en todo caso, recordarnos que la vida social es en sí misma un asunto problemático, rico precisamente por su gran ambigüedad, con lo que sus obras se separan de cualquier discurso que pretenda resolver la complejidad de la existencia de manera simplista, esquemática y progresista.”
En fechas como esta, de tránsito, ocupados en sacar de la maleta los libros que nos llevamos para pasar las vacaciones –alguno, por cierto, todavía sin abrir–  y antes de revisar nuestra biblioteca en busca de una nueva lectura, no vendría mal echar un vistazo a la red, donde podemos encontrar esta y otras piezas del autor igual de interesantes.
El protagonista de Corazones solitarios es un avispado reportero, cuya evidente frustración por su pasado de cronista policiaco le impulsa a aceptar, una vez despedido, el primer empleo que se le ofrece por muy denigrante que le parezca. Se convierte así en una consultora sentimental –si, en femenino, porque ellas, en concreto las de clase trabajadora, son las destinatarias de una revista titulada significativamente Mujer– incorporándose a una plantilla integrada en exclusiva por varones, ocultos, eso sí, tras seudónimo. Una situación algo delirante (similar a la protagonizada por aquella señora Francis que reinó en la radio española de los años 60 y cuyo papel se reservaba también al género masculino), que Fonseca irá llevando a consecuencias extremas en un ingenioso y satírico relato, cuya ironía y descacharrantes ocurrencias nos mantendrán sonrientes hasta la sorpresa final.
Con una expresividad lingüística que se ajusta al argumento como un guante y una contención narrativa que evita exagerar sus posibilidades hasta convertirlo en una bufonada, asistimos a una atinada crítica de hipocresías y convenciones sociales cuya intensa carga metaliteraria refleja claramente la preocupación del escritor por su oficio.

CORAÇÕES SOLITÁRIOS – PUBLICACIÓN: 1975 – INCLUIDO EN EL VOLUMEN « FELIZ AÑO NUEVO » - (EN ESPAÑA: 1977 – EDITORIAL: ALFAGUARA) – VARIOS TRADUCTORES – PÁGINAS: 200 (aprox.)

jueves, 25 de agosto de 2016

Las aventuras de Sherlock Holmes, de Arthur Conan Doyle


Además de las nueve que componen la serie de Sherlock Holmes, su creador escribió otra cincuentena de obras, la mayoría históricas o de misterio. Aunque ninguna ha logrado tanta trascendencia como las protagonizadas por ese ser enjuto, puntilloso, maniático y un poco cascarrabias, pero extraordinariamente perspicaz.
En definitiva, un personaje que suele caer bien a todo el mundo.
Nos gusta el Holmes de Doyle por su socarronería indiscutible. Porque es irónico, zumbón, sabio, tierno, escéptico para unas cuestiones y apasionado en todo lo que concierne a la justicia, la curiosidad científica y la defensa de los valores que aprecia.
Nos gusta el Holmes de Doyle porque es entretenido, porque siempre sabe cómo sacar al lector una sonrisa, porque su autor escribe bien, contextualiza sus relatos, diseña unos personajes creíbles, tiernos e imperfectos, unas situaciones descacharrantes y sabe situarnos en tiempo y lugar con tanta soltura que nos parece haber viajado a Londres en una máquina del tiempo.
Nos gusta el Holmes de Doyle porque fue atrevido en su época, incluso algo iconoclasta, defendiendo ideas y opiniones que no eran las políticamente correctas, criticando prácticas que hoy consideramos denigrantes, valorando a las personas por lo que son y no por su rango social.
Nos gusta el Holmes de Doyle porque posee una entidad compacta al ofrecer un principio y un final –incluso uno provisional al que su autor hubo de renunciar a demanda del público–, atmósfera y tono comunes, personajes que aparecen, desaparecen y vuelven a aparecer en uno y otro libro, lo que supone una continuidad temporal marcada por la alusión a hechos ocurridos con anterioridad (dentro o fuera del volumen que estemos manejando) de forma que podría leerse como una sola novela compuesta por varios tomos al estilo de En busca del tiempo perdido. Salvando las distancias, naturalmente.
Nos gusta el Holmes de Doyle por esa chispa que abarca los aspectos anteriores y otros más inasibles, difíciles de definir, que le han permitido mantenerse vigente hasta hoy, al alcance de los lectores, sin flaquear, durante más de dos siglos. Y lo que falta.
Nos gusta el Holmes de Doyle porque su filosofía –básica pero por eso mismo imprescindible– consiste en elevarse de lo común mediante actividades que nos satisfagan, y si además pueden ayudar a alguien, mejor que mejor:
“Mi vida se desarrolla en un largo esfuerzo por huir de las vulgaridades de la existencia. (…) Y es usted un benefactor de la raza humana, le dije yo. (…) L’homme c’est rien, l’ouvre c’est tout. Según escribió Gustavo Flaubert a George Sand” (La liga de los pelirrojos)
Y, por encima de todo, nos gusta el Holmes de Doyle, porque refleja la insaciable curiosidad del ser humano y, siendo como es, nos retrata de alguna forma a todos y cada de uno de los que habitamos, habitaron y habitarán este pérfido mundo.
Os estaréis preguntando por qué me refiero siempre al Holmes de Doyle. ¡Cómo si hubiese otros! Pues los hay. El personaje, no solo continúa leyéndose igual o más que al principio con todo lo que ha llovido desde su nacimiento, no solo se han hecho interpretaciones (gráficas, musicales, filmadas, de animación, en formato de comic, juegos de mesa o videojuegos) de los argumentos ideados por su creador legítimo o ha sido una influencia decisiva en la creación de personajes como el doctor House, no solo inspiró un museo en las señas indicadas por Doyle, el 221 de Baker Street. Además, a lo largo del tiempo, han ido apareciendo secuelas más o menos literarias Y no pocas. Entre otras, Novísimas aventuras de Sherlock Holmes, de Enrique Jardiel Poncela, Las hazañas de Sherlock Holmes, colección de doce relatos escrita por su hijo Adrian en colaboración con otro autor, El rival de Sherlock Holmes de Maurice Leblanc, La solución del siete por ciento, Sherlock Holmes y el fantasma de la Ópera y El horror de West End de Nicholas Meyer, Los años perdidos de Sherlock Holmes y El mandala de Sherlock Holmes de  Jamyang Norbu,  The Doctor’s Case de Stephen King, la saga Sherlock Holmes y los irregulares de Baker Street del matrimonio formado por Tracy Mack y Michael Citrin, El secreto de la pirámide de Alan Arnold, El testamento de Sherlock Holmes de Bob García, Los dossiers secretos de Sherlock Holmes, Las crónicas secretas de Sherlock Holmes y otros cuatro o cinco más, de June Thomson, Elemental, mi querido Holmes de Albert Davidson, y otro de idéntico título de Colin Bruce, una saga completa escrita por Laurie King, La vida privada de Sherlock Holmes de  Michael y Mollie Hardwick, La juventud de Sherlock Holmes de Shane Peacock, Las aventuras alsacianas de Sherlock Holmes (8 novelas) de Christine Muller. Pero no quiero cansaros: en total, se acercan a los sesenta títulos, incluyendo tanto sagas enteras como obras de un solo volumen.
Estas doce Aventuras, que habían ido apareciendo en 1891 en la revista Strand por entregas según costumbre de la época, se reunieron en un solo tomo al año siguiente. Su éxito, junto con el de los demás primeros libros de la saga, permitió a su autor alcanzar el objetivo anhelado por todos los del gremio: vivir de la pluma
El volumen contiene todos los rasgos que caracterizan a la serie del detective. Watson se ha casado y por tanto ya no comparten piso, pero casi todos los episodios comienzan con algún pretexto que justifica su visita, una petición de ayuda por parte del detective o ambos a la vez. El pensamiento positivista de la época se manifiesta en todo su esplendor sin que se hayan apagado del todo los ecos románticos, como puede apreciarse en cierto dramatismo que, en algunas escenas y formas de pensar, aletea sobre la mentalidad racionalista.
“Pero una vez que se le pasaban aquellos arrebatos, corría de una manera alborotada a meterse dentro, y cerraba con llave y atrancaba la puerta, como quien ya no puede seguir haciendo frente al espanto que se esconde en el fondo mismo de su alma.” (Las cinco semillas de naranja)
Bajo ese aspecto superficial, se esconde toda una visión del mundo y, hasta de vez en cuando, una sátira de ciertos especímenes sociales, como en el primer relato, Escándalo en Bohemia o en El aristócrata solterón, donde Doyle, además de ridiculizar al personaje satirizando, de paso, a todo un estamento social, expone por boca de Holmes su particular (y, por suerte, irrealizable) utopía política.
Al principio de El misterio de Copper Beeches, se produce un diálogo, claramente metaliterario, entre ambos personajes, donde se repasan las historias cronológicamente anteriores que sobresalen por su cotidianeidad.
“… entre los casos por los que ha tenido la bondad de interesarse hay una elevada proporción que no tratan de ningún delito, en el sentido legal de la palabra. El asuntillo en el que intenté ayudar al rey de Bohemia, la curiosa experiencia de la señorita Mary Sutherland, el problema del hombre del labio retorcido y el incidente de la boda del noble, fueron todos ellos casos que escapaban al alcance de la ley. Pero al evitar la cotidianeidad, me temo que puede usted haber bordeado lo trivial.”
Y un poco más adelante, encontramos toda una teoría de la delincuencia:
“En la ciudad, la presión de la opinión pública puede lograr lo que la ley es incapaz de conseguir. No hay callejuela tan miserable como para que los gritos de un niño maltratado o los golpes de un marido borracho no despierten la simpatía y la indignación del vecindario, y además, toda la maquinaria de la justicia está siempre tan a mano que basta una palabra de queja para ponerla en marcha, y no hay más que un paso entre el delito y el banquillo. Pero fíjese en esas casas solitarias, cada una en sus propios campos, en su mayor parte llenas de gente pobre ei ignorante que sabe muy poco de la ley. Piense en los actos de crueldad infernal, en las maldades ocultas que pueden cometerse en estos lugares, año tras año, sin que nadie se entere.”
El lenguaje es tan llano y exacto como exigen los cánones del género, tampoco existe un idiolecto que caracterice a sus criaturas. Conan Doyle no se mete en berenjenales lingüísticos que podrían complicarle el proceso creativo desviando a sus lectores de lo fundamental: todos sus personajes hablan como él, tengan la instrucción que tengan, desde el narrador Watson y el propio Holmes hasta el último criado de la más apartada granja.
Si este año no te has llevado ningún Holmes de Doyle en la maleta, ahora, al volver de la playa, estás a tiempo de recuperarlo. Lo encontrarás en cualquier biblioteca. ¡Disfrútalo!


THE ADVENTURES OF SHERLOCK HOLMES – PRIMERA EDICIÓN: 1892 – CLÁSICO – VARIAS EDICIONES – PÁGINAS: 300 (aprox.)

sábado, 20 de agosto de 2016

En defensa del error. Un ensayo sobre el arte de equivocarse, de Kathryn Schulz

-¡Ah! Pero, ¿equivocarse es un arte? Ahora me entero.
(Estupor de los lectores al toparse con el subtítulo)
No es que se trate de un arte –deduzco–, lo que Schulz viene a decirnos es que, ya que nos vamos a equivocar de todas formas –porque somos humanos y los únicos que los hacemos, para bien y para mal, ya que no se equivoca una piedra y tampoco un perro, ni un escarabajo pues ellos obedecen a su instinto y bla bla bla etc. –como tenemos que equivocarnos, decía, vamos a hacerlo con arte. O lo que es igual, intentemos aprender de los errores que si se producen es para algo, tienen esa función, la de irnos enseñando a lo largo de la vida. Dice la autora que los animales no se equivocan nunca y, por tanto, eso del error es un privilegio de la especie, pero a mí todo esto me recuerda a las cobayas, corriendo como locas en la rueda para alcanzar el alimento, junto a un millón de perrerías más que les hacen a las pobres, total para teorizar sobre el aprendizaje humano. Y eso por haber demostrado que son listas, capaces de progresar mediante el método de ensayo y error, como nosotros.
Pero estoy divagando. Kathryn Schulz trata de explicar las razones de que seamos tan tozudos, de que nos aferremos a una teoría errónea a todas luces aunque tengamos la respuesta delante de los ojos, busca los motivos que nos llevan a disertar con el mayor de los desparpajos sobre asuntos de los que no sabemos nada o casi. Y es que esta seguridad la traemos de fábrica, sirve para que podamos internarnos en terrenos más o menos resbaladizos, aventurarnos a establecer hipótesis a partir de una experiencia limitada y, por tanto, tomar decisiones y relacionarnos. En una palabra, sobrevivir en el medio que sea. Utilizando su propia terminología, este sería el modelo positivo del error. Pero habla también de la cara opuesta, la que nos disuade de adoptar una postura de suficiencia que no puede acarrear nada bueno.
No estamos ante un tratado científico ni un manual de autoayuda: se trata de un estudio serio, riguroso y muy bien documentado, escrito con afán divulgativo. Esto implica un lenguaje asequible y ameno exento de engorrosos cientifismos, repleto de ejemplos a cual más entretenido y con las citas justas para situarnos en las coordenadas correctas (filosóficas y psicológicas), además de algo de lo que no pueden presumir la mayoría de los trabajos de este tipo, las repeticiones imprescindibles para recordar o puntualizar algún concepto. Ni sombra del odioso lenguaje reiterativo que puebla las páginas de muchos de estos ensayos y acaba pesando tanto que el libro se nos cae de las manos o dan ganas de arrojarlo lo más lejos posible. Con este, en cambio, os vais a divertir. Porque además de las mencionadas anécdotas, que encontrareis intercaladas con la teoría, invita a reflexionar, relacionando esta con nuestras vivencias personales. Y, sobre todo, porque Schulz no deja de dialogar con el lector, con naturalidad y sin alardes, hasta convertirle en una suerte de cómplice.


BEING WRONG.  ADVENTURES IN THE MARGIN OF ERROR – PUBLICACIÓN: 2010 – (EN ESPAÑA: 2015 - EDITORIAL SIRUELA – COLECCIÓN EL OJO DEL TIEMPO) - TRADUCCIÓN: MARÍA CONDOR – PÁGINAS: 368

lunes, 15 de agosto de 2016

El origen. Una indicación, de Thomas Bernhard



El pasado día 7, leímos en el diario El País que el Festival de Salzburgo de este año está usando como reclamo la figura de Thomas Bernard. La ciudad de la que abominó, que aborreció y cubrió de insultos en su obra autobiográfica pronuncia en vano su nombre demostrando, quizá, que tanta ira y resentimiento no iban tan descaminados como podría pensarse. Porque hay que ser muy cínico para tomar como emblema a aquel que sufrió allí una guerra siendo adolescente, además de vejaciones personales, el desprecio de sus convecinos y de algunos familiares lejanos y al que disgustaba profundamente el carácter de sus paisanos, a los que, como mínimo, consideraba convencionales, frívolos e hipócritas –cuando no, indulgentes con el nazismo– proclamando a los cuatro vientos que no tenía nada que ver con ellos. La aversión, por supuesto, era mutua. Sin embargo 
“Proliferan los libros y los souvenirs del escritor austriaco en las tiendas del festival de música y teatro de la ciudad, incluso acaba de inaugurarse una exposición que lo retrata sonriente en las calles de «la pútrida ciudad inhumana»”
Este rechazo sin paliativos resulta más que evidente en la novela. Para empezar, adopta la forma de una larga queja con mimbres musicales –mediante el ritmo que marcan las reiteraciones, la mayor o menor intensidad de su expresión, siempre al compás del contenido y una puntuación casi inexistente–, separándose de los cánones del género en otros aspectos, como personajes, descripciones y diálogos. La primera parte, Grünkranz, alusiones personales aparte, es una acerba crítica al nazismo. El tío Franz describe la etapa posterior y se ensaña con el catolicismo, al que considera otra cara de la misma moneda.
“… en ese suelo de muerte, arquitectónico-arzobispal-embrutecido-nacionalsocialista-católico, y en el fondo totalmente enemigo del ser humano. La ciudad es, para quien la conoce y conoce a sus habitantes, un cementerio en la superficie hermoso, pero bajo esa superficie en realidad horrible, de fantasías y deseos. Para el que aprende o estudie, e intenta encontrar su orden y su derecho en esa ciudad, que solo es famosa en todas partes por su belleza y su construcción, y que en la época de los llamados Festivales es además famosa todos los años por el así llamado Gran Arte, esa ciudad no es pronto más que un museo de la muerte, frío y expuesto a todas las enfermedades y vilezas, en el que crecen todos los obstáculos imaginables e inimaginables que desintegran y hieren en lo despiadadamente más profundo, sus energías y dotes y disposiciones intelectuales, y pronto la ciudad no es ya para él una hermosa naturaleza y una arquitectura ejemplar sino nada más que una impenetrable maleza humana, hecha de abyección y vileza y, cuando camina por sus calles, no camina ya rodeado de música sino que se siente nada más que repelido por el lodazal moral de sus habitantes.”
Esto es solo un botón de muestra de lo que contiene este centenar largo de páginas. Bernhard se sitúa en una tradición autobiográfica y de aprendizaje que, con un tono igual de amargo y reprobatorio, incluiría, entre otros y con siete décadas de diferencia, a Musil y, más aún, a Walser. Pero Bernhard se expresa de forma mucho más directa. Ni utiliza la ironía como este último ni fábula como el primero valiéndose de anécdotas más o menos crueles. Se limita a exponer los hechos tal como sucedieron –incluso alude a pruebas concluyentes para demostrar lo que dice– y no tiene reparo en proclamarse una víctima más entre otras (como pueden ser sus propios condiscípulos) de maltrato, anulación y embrutecimiento, manifestar su animadversión o su rabia, confesar pensamientos reiterados de suicidio o calificar como le parece a ciudades, instituciones y personas.


DIE URSACHE. EINE ANDEUTUNG – PUBLICACIÓN: 1975 – EN ESPAÑA: EDITORIAL ANAGRAMA- TRADUCCIÓN Y PRÓLOGO: MIGUEL SÁENZ – PÁGINAS: 136 (aprox.)