jueves, 25 de agosto de 2016

Las aventuras de Sherlock Holmes, de Arthur Conan Doyle


Además de las nueve que componen la serie de Sherlock Holmes, su creador escribió otra cincuentena de obras, la mayoría históricas o de misterio. Aunque ninguna ha logrado tanta trascendencia como las protagonizadas por ese ser enjuto, puntilloso, maniático y un poco cascarrabias, pero extraordinariamente perspicaz.
En definitiva, un personaje que suele caer bien a todo el mundo.
Nos gusta el Holmes de Doyle por su socarronería indiscutible. Porque es irónico, zumbón, sabio, tierno, escéptico para unas cuestiones y apasionado en todo lo que concierne a la justicia, la curiosidad científica y la defensa de los valores que aprecia.
Nos gusta el Holmes de Doyle porque es entretenido, porque siempre sabe cómo sacar al lector una sonrisa, porque su autor escribe bien, contextualiza sus relatos, diseña unos personajes creíbles, tiernos e imperfectos, unas situaciones descacharrantes y sabe situarnos en tiempo y lugar con tanta soltura que nos parece haber viajado a Londres en una máquina del tiempo.
Nos gusta el Holmes de Doyle porque fue atrevido en su época, incluso algo iconoclasta, defendiendo ideas y opiniones que no eran las políticamente correctas, criticando prácticas que hoy consideramos denigrantes, valorando a las personas por lo que son y no por su rango social.
Nos gusta el Holmes de Doyle porque posee una entidad compacta al ofrecer un principio y un final –incluso uno provisional al que su autor hubo de renunciar a demanda del público–, atmósfera y tono comunes, personajes que aparecen, desaparecen y vuelven a aparecer en uno y otro libro, lo que supone una continuidad temporal marcada por la alusión a hechos ocurridos con anterioridad (dentro o fuera del volumen que estemos manejando) de forma que podría leerse como una sola novela compuesta por varios tomos al estilo de En busca del tiempo perdido. Salvando las distancias, naturalmente.
Nos gusta el Holmes de Doyle por esa chispa que abarca los aspectos anteriores y otros más inasibles, difíciles de definir, que le han permitido mantenerse vigente hasta hoy, al alcance de los lectores, sin flaquear, durante más de dos siglos. Y lo que falta.
Nos gusta el Holmes de Doyle porque su filosofía –básica pero por eso mismo imprescindible– consiste en elevarse de lo común mediante actividades que nos satisfagan, y si además pueden ayudar a alguien, mejor que mejor:
“Mi vida se desarrolla en un largo esfuerzo por huir de las vulgaridades de la existencia. (…) Y es usted un benefactor de la raza humana, le dije yo. (…) L’homme c’est rien, l’ouvre c’est tout. Según escribió Gustavo Flaubert a George Sand” (La liga de los pelirrojos)
Y, por encima de todo, nos gusta el Holmes de Doyle, porque refleja la insaciable curiosidad del ser humano y, siendo como es, nos retrata de alguna forma a todos y cada de uno de los que habitamos, habitaron y habitarán este pérfido mundo.
Os estaréis preguntando por qué me refiero siempre al Holmes de Doyle. ¡Cómo si hubiese otros! Pues los hay. El personaje, no solo continúa leyéndose igual o más que al principio con todo lo que ha llovido desde su nacimiento, no solo se han hecho interpretaciones (gráficas, musicales, filmadas, de animación, en formato de comic, juegos de mesa o videojuegos) de los argumentos ideados por su creador legítimo o ha sido una influencia decisiva en la creación de personajes como el doctor House, no solo inspiró un museo en las señas indicadas por Doyle, el 221 de Baker Street. Además, a lo largo del tiempo, han ido apareciendo secuelas más o menos literarias Y no pocas. Entre otras, Novísimas aventuras de Sherlock Holmes, de Enrique Jardiel Poncela, Las hazañas de Sherlock Holmes, colección de doce relatos escrita por su hijo Adrian en colaboración con otro autor, El rival de Sherlock Holmes de Maurice Leblanc, La solución del siete por ciento, Sherlock Holmes y el fantasma de la Ópera y El horror de West End de Nicholas Meyer, Los años perdidos de Sherlock Holmes y El mandala de Sherlock Holmes de  Jamyang Norbu,  The Doctor’s Case de Stephen King, la saga Sherlock Holmes y los irregulares de Baker Street del matrimonio formado por Tracy Mack y Michael Citrin, El secreto de la pirámide de Alan Arnold, El testamento de Sherlock Holmes de Bob García, Los dossiers secretos de Sherlock Holmes, Las crónicas secretas de Sherlock Holmes y otros cuatro o cinco más, de June Thomson, Elemental, mi querido Holmes de Albert Davidson, y otro de idéntico título de Colin Bruce, una saga completa escrita por Laurie King, La vida privada de Sherlock Holmes de  Michael y Mollie Hardwick, La juventud de Sherlock Holmes de Shane Peacock, Las aventuras alsacianas de Sherlock Holmes (8 novelas) de Christine Muller. Pero no quiero cansaros: en total, se acercan a los sesenta títulos, incluyendo tanto sagas enteras como obras de un solo volumen.
Estas doce Aventuras, que habían ido apareciendo en 1891 en la revista Strand por entregas según costumbre de la época, se reunieron en un solo tomo al año siguiente. Su éxito, junto con el de los demás primeros libros de la saga, permitió a su autor alcanzar el objetivo anhelado por todos los del gremio: vivir de la pluma
El volumen contiene todos los rasgos que caracterizan a la serie del detective. Watson se ha casado y por tanto ya no comparten piso, pero casi todos los episodios comienzan con algún pretexto que justifica su visita, una petición de ayuda por parte del detective o ambos a la vez. El pensamiento positivista de la época se manifiesta en todo su esplendor sin que se hayan apagado del todo los ecos románticos, como puede apreciarse en cierto dramatismo que, en algunas escenas y formas de pensar, aletea sobre la mentalidad racionalista.
“Pero una vez que se le pasaban aquellos arrebatos, corría de una manera alborotada a meterse dentro, y cerraba con llave y atrancaba la puerta, como quien ya no puede seguir haciendo frente al espanto que se esconde en el fondo mismo de su alma.” (Las cinco semillas de naranja)
Bajo ese aspecto superficial, se esconde toda una visión del mundo y, hasta de vez en cuando, una sátira de ciertos especímenes sociales, como en el primer relato, Escándalo en Bohemia o en El aristócrata solterón, donde Doyle, además de ridiculizar al personaje satirizando, de paso, a todo un estamento social, expone por boca de Holmes su particular (y, por suerte, irrealizable) utopía política.
Al principio de El misterio de Copper Beeches, se produce un diálogo, claramente metaliterario, entre ambos personajes, donde se repasan las historias cronológicamente anteriores que sobresalen por su cotidianeidad.
“… entre los casos por los que ha tenido la bondad de interesarse hay una elevada proporción que no tratan de ningún delito, en el sentido legal de la palabra. El asuntillo en el que intenté ayudar al rey de Bohemia, la curiosa experiencia de la señorita Mary Sutherland, el problema del hombre del labio retorcido y el incidente de la boda del noble, fueron todos ellos casos que escapaban al alcance de la ley. Pero al evitar la cotidianeidad, me temo que puede usted haber bordeado lo trivial.”
Y un poco más adelante, encontramos toda una teoría de la delincuencia:
“En la ciudad, la presión de la opinión pública puede lograr lo que la ley es incapaz de conseguir. No hay callejuela tan miserable como para que los gritos de un niño maltratado o los golpes de un marido borracho no despierten la simpatía y la indignación del vecindario, y además, toda la maquinaria de la justicia está siempre tan a mano que basta una palabra de queja para ponerla en marcha, y no hay más que un paso entre el delito y el banquillo. Pero fíjese en esas casas solitarias, cada una en sus propios campos, en su mayor parte llenas de gente pobre ei ignorante que sabe muy poco de la ley. Piense en los actos de crueldad infernal, en las maldades ocultas que pueden cometerse en estos lugares, año tras año, sin que nadie se entere.”
El lenguaje es tan llano y exacto como exigen los cánones del género, tampoco existe un idiolecto que caracterice a sus criaturas. Conan Doyle no se mete en berenjenales lingüísticos que podrían complicarle el proceso creativo desviando a sus lectores de lo fundamental: todos sus personajes hablan como él, tengan la instrucción que tengan, desde el narrador Watson y el propio Holmes hasta el último criado de la más apartada granja.
Si este año no te has llevado ningún Holmes de Doyle en la maleta, ahora, al volver de la playa, estás a tiempo de recuperarlo. Lo encontrarás en cualquier biblioteca. ¡Disfrútalo!


THE ADVENTURES OF SHERLOCK HOLMES – PRIMERA EDICIÓN: 1892 – CLÁSICO – VARIAS EDICIONES – PÁGINAS: 300 (aprox.)

sábado, 20 de agosto de 2016

En defensa del error. Un ensayo sobre el arte de equivocarse, de Kathryn Schulz

-¡Ah! Pero, ¿equivocarse es un arte? Ahora me entero.
(Estupor de los lectores al toparse con el subtítulo)
No es que se trate de un arte –deduzco–, lo que Schulz viene a decirnos es que, ya que nos vamos a equivocar de todas formas –porque somos humanos y los únicos que los hacemos, para bien y para mal, ya que no se equivoca una piedra y tampoco un perro, ni un escarabajo pues ellos obedecen a su instinto y bla bla bla etc. –como tenemos que equivocarnos, decía, vamos a hacerlo con arte. O lo que es igual, intentemos aprender de los errores que si se producen es para algo, tienen esa función, la de irnos enseñando a lo largo de la vida. Dice la autora que los animales no se equivocan nunca y, por tanto, eso del error es un privilegio de la especie, pero a mí todo esto me recuerda a las cobayas, corriendo como locas en la rueda para alcanzar el alimento, junto a un millón de perrerías más que les hacen a las pobres, total para teorizar sobre el aprendizaje humano. Y eso por haber demostrado que son listas, capaces de progresar mediante el método de ensayo y error, como nosotros.
Pero estoy divagando. Kathryn Schulz trata de explicar las razones de que seamos tan tozudos, de que nos aferremos a una teoría errónea a todas luces aunque tengamos la respuesta delante de los ojos, busca los motivos que nos llevan a disertar con el mayor de los desparpajos sobre asuntos de los que no sabemos nada o casi. Y es que esta seguridad la traemos de fábrica, sirve para que podamos internarnos en terrenos más o menos resbaladizos, aventurarnos a establecer hipótesis a partir de una experiencia limitada y, por tanto, tomar decisiones y relacionarnos. En una palabra, sobrevivir en el medio que sea. Utilizando su propia terminología, este sería el modelo positivo del error. Pero habla también de la cara opuesta, la que nos disuade de adoptar una postura de suficiencia que no puede acarrear nada bueno.
No estamos ante un tratado científico ni un manual de autoayuda: se trata de un estudio serio, riguroso y muy bien documentado, escrito con afán divulgativo. Esto implica un lenguaje asequible y ameno exento de engorrosos cientifismos, repleto de ejemplos a cual más entretenido y con las citas justas para situarnos en las coordenadas correctas (filosóficas y psicológicas), además de algo de lo que no pueden presumir la mayoría de los trabajos de este tipo, las repeticiones imprescindibles para recordar o puntualizar algún concepto. Ni sombra del odioso lenguaje reiterativo que puebla las páginas de muchos de estos ensayos y acaba pesando tanto que el libro se nos cae de las manos o dan ganas de arrojarlo lo más lejos posible. Con este, en cambio, os vais a divertir. Porque además de las mencionadas anécdotas, que encontrareis intercaladas con la teoría, invita a reflexionar, relacionando esta con nuestras vivencias personales. Y, sobre todo, porque Schulz no deja de dialogar con el lector, con naturalidad y sin alardes, hasta convertirle en una suerte de cómplice.


BEING WRONG.  ADVENTURES IN THE MARGIN OF ERROR – PUBLICACIÓN: 2010 – (EN ESPAÑA: 2015 - EDITORIAL SIRUELA – COLECCIÓN EL OJO DEL TIEMPO) - TRADUCCIÓN: MARÍA CONDOR – PÁGINAS: 368

lunes, 15 de agosto de 2016

El origen. Una indicación, de Thomas Bernhard



El pasado día 7, leímos en el diario El País que el Festival de Salzburgo de este año está usando como reclamo la figura de Thomas Bernard. La ciudad de la que abominó, que aborreció y cubrió de insultos en su obra autobiográfica pronuncia en vano su nombre demostrando, quizá, que tanta ira y resentimiento no iban tan descaminados como podría pensarse. Porque hay que ser muy cínico para tomar como emblema a aquel que sufrió allí una guerra siendo adolescente, además de vejaciones personales, el desprecio de sus convecinos y de algunos familiares lejanos y al que disgustaba profundamente el carácter de sus paisanos, a los que, como mínimo, consideraba convencionales, frívolos e hipócritas –cuando no, indulgentes con el nazismo– proclamando a los cuatro vientos que no tenía nada que ver con ellos. La aversión, por supuesto, era mutua. Sin embargo 
“Proliferan los libros y los souvenirs del escritor austriaco en las tiendas del festival de música y teatro de la ciudad, incluso acaba de inaugurarse una exposición que lo retrata sonriente en las calles de «la pútrida ciudad inhumana»”
Este rechazo sin paliativos resulta más que evidente en la novela. Para empezar, adopta la forma de una larga queja con mimbres musicales –mediante el ritmo que marcan las reiteraciones, la mayor o menor intensidad de su expresión, siempre al compás del contenido y una puntuación casi inexistente–, separándose de los cánones del género en otros aspectos, como personajes, descripciones y diálogos. La primera parte, Grünkranz, alusiones personales aparte, es una acerba crítica al nazismo. El tío Franz describe la etapa posterior y se ensaña con el catolicismo, al que considera otra cara de la misma moneda.
“… en ese suelo de muerte, arquitectónico-arzobispal-embrutecido-nacionalsocialista-católico, y en el fondo totalmente enemigo del ser humano. La ciudad es, para quien la conoce y conoce a sus habitantes, un cementerio en la superficie hermoso, pero bajo esa superficie en realidad horrible, de fantasías y deseos. Para el que aprende o estudie, e intenta encontrar su orden y su derecho en esa ciudad, que solo es famosa en todas partes por su belleza y su construcción, y que en la época de los llamados Festivales es además famosa todos los años por el así llamado Gran Arte, esa ciudad no es pronto más que un museo de la muerte, frío y expuesto a todas las enfermedades y vilezas, en el que crecen todos los obstáculos imaginables e inimaginables que desintegran y hieren en lo despiadadamente más profundo, sus energías y dotes y disposiciones intelectuales, y pronto la ciudad no es ya para él una hermosa naturaleza y una arquitectura ejemplar sino nada más que una impenetrable maleza humana, hecha de abyección y vileza y, cuando camina por sus calles, no camina ya rodeado de música sino que se siente nada más que repelido por el lodazal moral de sus habitantes.”
Esto es solo un botón de muestra de lo que contiene este centenar largo de páginas. Bernhard se sitúa en una tradición autobiográfica y de aprendizaje que, con un tono igual de amargo y reprobatorio, incluiría, entre otros y con siete décadas de diferencia, a Musil y, más aún, a Walser. Pero Bernhard se expresa de forma mucho más directa. Ni utiliza la ironía como este último ni fábula como el primero valiéndose de anécdotas más o menos crueles. Se limita a exponer los hechos tal como sucedieron –incluso alude a pruebas concluyentes para demostrar lo que dice– y no tiene reparo en proclamarse una víctima más entre otras (como pueden ser sus propios condiscípulos) de maltrato, anulación y embrutecimiento, manifestar su animadversión o su rabia, confesar pensamientos reiterados de suicidio o calificar como le parece a ciudades, instituciones y personas.


DIE URSACHE. EINE ANDEUTUNG – PUBLICACIÓN: 1975 – EN ESPAÑA: EDITORIAL ANAGRAMA- TRADUCCIÓN Y PRÓLOGO: MIGUEL SÁENZ – PÁGINAS: 136 (aprox.)

miércoles, 10 de agosto de 2016

Mi vida querida, de Alice Munro




En castellano, el título queda raro y hasta algo pasteloso. Esta vez podía haberse evitado la traducción literal, claro que casi da miedo imaginar alternativas, hay por ahí cada título. Lo que quiero decir es que no os dejéis engañar por una pinta tan poco atrayente y que puede merecer la pena echar un primer vistazo a este magnífico conjunto de historias.
Y utilizo el término historia –en vez de optar por relato o similares– con toda la intención ya que, más que el desarrollo propuesto por la autora, me interesan los hechos en sí, sus posibilidades, que muchas veces quedan en estado embrionario dejándonos con la sensación de que nos hubiese encantado leer la novela, con todos los detalles expuestos, conocer mejor a cada personaje y sus circunstancias, vivir con ellos ese retazo de biografía sin tener que conformarnos con un simple esbozo. Y no lo digo como reproche, solo expreso una sensación muy personal que pone en evidencia las virtudes narrativas de Mi vida querida- Es sabido que una de las condiciones de la ficción corta es despertar la curiosidad del lector, no agotar sus posibilidades, dejarle con ganas de más y que utilice su propia fantasía para completar lo que falta. Un lector activo e inteligente, al que no se le dé todo mascado, es lo que desea todo buen escritor, y aquí tenemos a Alice Munro cumpliendo este requisito, no sabemos con qué propósito, quizá demasiado al pie de la letra.
Esto ocurre sobre todo en la primera de las piezas, Llegar a Japón, donde se recrea con toda exactitud el tedio que sufre una mujer casada. Pero la riqueza de los personajes y la sutileza de situaciones presentes y pasadas se diluye un poco debido a una prosa expeditiva y un esquematismo excesivo que despachan con solo unas pinceladas una anécdota repleta de matices que apela a nuestra sensibilidad y podía haber dado mucho más juego.
Corrie relata las incidencias de una estafa realizada a lo largo del tiempo contra un ser bueno e inocente. Aquí, la estrategia está muy clara: se narran hechos aparentemente insustanciales con toda parsimonia y solo al final conocemos todo un entramado que nos pone el vello de punta. Porque:
“Siempre hay un mañana en que uno se da cuenta de que todos los pájaros se han ido.”
Dolby indaga en las particularidades de la vejez vivida por dos personas que han pasado juntas toda una vida. Se trata de un relato mucho más incisivo y certero de lo que parece, no hay que dejarse engañar por la sencillez del lenguaje o la aparente simplicidad de lo que estamos leyendo.
Los últimos son explícitamente autobiográficos pero coinciden en con los demás en tono y asuntos. Vidas frustradas y banales, la necesidad de mantenerse en una mediocridad comúnmente aceptada, el incumplimiento inexorable de todas esas promesas que en la juventud parece reservar el futuro. Todo ello se nos va presentando de forma natural, sencilla y precisa. Su particular melancolía unas veces nos conmueve o impresiona, otras deja un regusto amargo y cierta sensación de vacío.  


DEAR LIFE – PUBLICACIÓN: 2012 (EN ESPAÑA: 2013 – EDITORIAL LUMEN – COLECCIÓN NARRATIVA) – TRADUCCIÓN: EUGENIA VÁZQUEZ-NACARINO -PÁGINAS: 336

viernes, 5 de agosto de 2016

El ángel negro de Antonio Tabucchi


Hoy día, el lector se encuentra envuelto en el juego de unas novedades cuyo carácter efímero no parece arredrarle. ¿Quién se acuerda de todo el alboroto provocado por títulos que levantaban de sus asientos a millares de personas hace solo uno o dos años? La auténtica literatura es humilde, silenciosa y, sin embargo, perenne. ¿Qué puedo decir de El ángel negro?
No mucho. Los argumentos no le harían justicia; hasta los calificativos resultan ambiguos, pero vamos allá:
Poético, profundamente sabio, pausado y melancólico, introspectivo, fantástico e incluso surrealista, rompedor a la muy personal manera de Tabucchi, de prosa certera y equilibrada, misterioso, narrado con destreza y, por encima de todo, muy corto. Al menos para mí.
Poético porque es atemporal, nos retrata a todos, su lenguaje es cadencioso, su ámbito: la tierra que, al margen de coordenadas geográficas, habitamos interiormente y nos habita.
Sabio porque nos reconocemos en el personaje, alter ego del autor y de cada uno de nosotros y eso significa que el autor nos conoce, que ha sabido captarnos.
Pausado porque de lo que convencionalmente se conoce por acción no encontraremos gran cosa. Casi todos están narrados en una primera persona que se limita a observar, sencillamente.  Esta forma de narrar es causa y consecuencia del aura de melancolía que lo envuelve.
Introspectivo porque cualquier situación externa no es más que un pretexto, el espejo donde el narrador se refleja, y su imagen la proyecta en el lector.
Fantástico, en ocasiones hasta zambullirse en un surrealismo tan eficaz como genial. Aquí cualquier explicación mía resultaría más inútil aún si cabe. Vean, pues, un botón de muestra:
“La mano penetró en el bolso. Era una mano gruesa, con el dorso ligeramente hinchado y los dedos cortos y robustos.
»Y fue en ese momento cuando apareció el mero. Era un mero carnoso, aceitoso, brillante, que se deslizaba desde profundidades oscuras como la oscuridad del automóvil que amenazaba las víctimas de aquella noche: por la ventanilla, junto a una mano hinchada de dedos burdos, se asomó el hocico de un mero que boqueaba. Que incongruencia, una mano y un hocico de mero por la ventanilla de un automóvil negro en la Rua Dom Pedro Quinto en una noche de noviembre de mil novecientos sesenta y nueve.”
Se me olvidaba, como pueden observar, a veces también resulta irónico.
Rompedor porque utiliza la tradición para hacerla añicos y reconstruirla luego como le da la gana.
El estilo de un autor puede ser alambicado o sencillo. En este caso es lo segundo, pero eso no influye en su calidad. Lo que importa es la corrección, la gracia, la desenvoltura, la aparente fluidez, la precisión de cada término, la exactitud de la sintaxis, esa sensación que transmite de que se ha escrito de un tirón (y que casi se ha escrito solo, sin mano ni cerebro interpuesto) aunque cada frase, o alguna al menos, le haya llevado su tiempo.
El misterio consiste en guardarse el as bajo la manga, en que cada pieza admita lecturas múltiples, en que la libertad de interpretación dote cada relato de un aire lúdico, gratuito, como si lo de menos fuese lo que se nos está contando. Y, en cierto modo. así es.
La destreza surge sola cuando un autor ha leído mucho y bien escogido, lo ha digerido a fondo y, naturalmente, posee el talento suficiente para aprovechar esas lecturas. ¿Cómo explicar lo que transmite el texto para que lleguemos a esta conclusión? De ninguna manera, no hay explicación posible.
Muy corto. Esto es cuantificable y por tanto fácil de entender. Pero no se trata solo del número de páginas, ni siquiera del de relatos –que no son más que seis–: nada merece ese adjetivo si no nos hemos quedado pensativos al volver la última página, con ganas de más y la extraña sensación de que todavía habitamos el universo contenido allá dentro y de que, probablemente, seguiremos mucho tiempo en él.

L´ÀNGELO NERO – PRIMERA EDICIÓN: 1991 – (EN ESPAÑA: 1993) EDITORIAL ANAGRAMA – TRADUCCIÓN: CARLOS GUMPERT Y JAVIER GONZÁLEZ ROVIRA - PÁGINAS: 176 (aprox.)

sábado, 30 de julio de 2016

¿Es usted un psicópata? de Jon Ronson

¿Es Usted un psicópata? de [Ronson, Jon]
Título sensacionalista que anuncia un contenido de igual índole. Quien quiera llevarse algo ligerito a la playa esto es lo que estaba buscando. Ya desde el comienzo, se nos introduce en una especie de novela de misterio que acaba conduciéndonos hasta un supuesto psicópata, considerado así por haber puesto en circulación un libro misterioso, reservado únicamente a unos cuantos elegidos, y que Ronson acabará identificando gracias a su sagacidad y perseverancia. (Nótese la ironía, no quiero adjudicarle méritos que no alcanza ni de lejos; aunque, si es verdad todo lo que cuenta, nadie puede negarle un extraordinario tesón). No sé si las ganas de divertirse ideando diabluras pseudoculturales con el fin de  tomar el pelo a unos cuantos incautos se puede considerar un síntoma de psicopatía o más bien son esos incautos quienes, obsesionados con el asunto, acaban atrapados en su absurda ratonera. El caso es que el cebo ya está echado y el lector que se trague el anzuelo disfrutará lo que no está escrito. Otros no hemos tenido esa suerte y, si hemos llegado hasta el final, ha sido únicamente para opinar con conocimiento de causa.
A partir de ahí, se nos ofrece la descripción de una serie de personajes que han delinquido alguna vez o se han vuelto unos potentados casi de la noche a la mañana merced a su falta absoluta de escrúpulos. Algunos se encuentran internados en clínicas, pero al tratarse de un síndrome incurable, da toda la impresión de tratarse de una cadena perpetua encubierta. ¿Faltan garantías procesales? ¿Se está atentando contra los derechos de estas personas? No está nada claro, pero tampoco hay que tomar al pie de la letra todo lo que cuenta el reportaje pues su autor nos introduce en un totum revolutum donde el delito, la demencia y los rasgos individuales no se delimitan muy bien. Es lo que tiene lanzarse a investigar sobre asuntos tan específicos sin el paracaídas del conocimiento. De sus entrevistas a expertos –suponiendo que todos lo sean– sacamos algo en claro, sí, pero al dar prioridad al mecanismo de la (mal llamada) investigación (llamadas, cartas, viajes etc. descritos con todo lujo de detalles) en detrimento de sus resultados, estos quedan diluidos en medio de un montón de verborrea. Me han llamado la atención ciertos métodos de carácter psicodélico utilizados en los años sesenta y que hoy se consideran, por unanimidad, aberrantes, así como la reflexión de que quizá el mundo esté en manos de ellos, pues la proverbial amoralidad de los psicópatas los catapulta fácilmente a las primeras líneas del poder y eso habría dado lugar a todos los desastres e injusticias que arrasan el planeta, que tanta consternación producen al sufrido ciudadano y ante los que todos nos sentimos impotentes.
Todo este galimatías empieza a tener sentido si tenemos en cuenta que Jon Ronson practica el denominado “periodismo gonzo”, caracterizado por dar preponderancia al investigador, que pasa a convertirse en el foco central de su estudio (en la estrella, digamos) de forma que sus peripecias se (auto) describen con todo lujo de detalles, pudiendo además influir sin restricción alguna en el proceso y sus conclusiones. La exhaustividad documental, el rigor, la honestidad informativa y otros rasgos claves del periodismo de investigación no parece que tengan ningún papel en esta película, lo subjetivo en cambio domina estos reportajes, (si es que se les puede llamar así). Todo muy anárquico y moderno.
La idea es esta: cuanto más escandaloso, frívolo y facilón, mayor posibilidad de conseguir un consumo masivo o, hablando en plata, lo que importa es vender.


THE PSYCHOPATH TEST : A JOURNEY THROUGH THE MADNESS INDUSTRY - PUBLICACIÓN: 2011 – ELEGIDO LIBRO DEL AÑO POR AMAZÓN, PUBLISHER’S, WEEKLY, HUDSON, BOOKSELLER Y GOODREARDS - (EN ESPAÑA: EDICIONES B) - TRADUCCIÓN: CARLOS ABREU - PÁGINAS: 288


martes, 5 de julio de 2016

Meridiano de sangre, Cormac McCarthy

Vértigo es lo que siento cada vez que leo algo de Cormac McCarthy, y casi doy por hecho que esa especie de sacudida eléctrica desde la raíz del pelo hasta las plantas es lo que siente todo el mundo ante esas páginas descarnadas, crueles, movidas por una pasión destructiva casi incontenible. En este caso, creo que además podemos hablar de epopeya. De perdedores, coral, lo que  quieran, en cualquier caso, una aventura legendaria, sin pies ni cabeza reales –pues no hay un principio y un fin definidos– ni metafóricos. En esta obra, aunque coral como digo, existe un tenue hilo conductor en la persona del chaval. Este aparece y desaparece como presencia explícita, pero nos consta que  sigue ahí. Sus andanzas constituyen un bautismo de fuego que concluirá cuando, ya en las últimas páginas, se le despoje de tal apelativo sustituyéndolo por “el hombre”. Con eso basta para anunciar el fin de su viaje iniciático. Mientras, ha hecho falta atravesar desiertos, pueblos y montañas en compañía de un grupo miserable (en cualquier sentido), llevarse por delante todo cuanto encuentran, sufrir mil penalidades e irse diezmando –poco a poco o de repente, según– hasta desaparecer por completo del mapa como si nunca hubiesen existido, salvo por la ristra de desastres que han dejado detrás. Como una plaga.
Sorprendentemente, de El  chaval sabemos muy poco. La figura mejor definida es el juez Holden, de temperamento contradictorio, tan espeluznante como atractivo, presentado al principio como un sinvergüenza simpático –desalmado, carismático, instruido o asilvestrado según le convenga– que se vuelve más y más siniestro a medida que avanza la acción. Quien decide, junto al juez los destinos del grupo es Glanton, el jefe de la banda, a quien conocemos a través de sus decisiones, cada vez más crueles y arbitrarias. Del cura y de Toadvine sabemos por sus diálogos con el chaval y por sus gestos amistosos hacia él.
Hombres ásperos rodeados de terrenos inhóspitos, naturaleza despiadada, poder implacable, climatología inclemente. El código es la falta de código, el lema, “sálvese quien pueda”, la conciencia de equipo existe siempre que venga bien, cuando estorba se la arrincona sin más y a otra cosa. Durante páginas y páginas parece que no ocurre nada. No vemos más que tiempo que transcurre y un camino sin fin que se recorre. Pero el peligro está latente en todo momento: el de los animales, los indígenas, los militares, los bandidos, los fenómenos naturales y, por encima de todo, el del Grupo Glanton, la propia manada humana que protagoniza el relato, un peligro manifiesto para cualquiera que transite por él.
Aunque basada en un episodio histórico de mediados del XIX, no creo que pueda encuadrarse en el género. Mediante precisas y detalladas descripciones  observamos tanto al grupo en movimiento como los lugares que va atravesando, un recorrido que parece, por su realismo, estar narrado en tiempo real. McCarthy maneja el lenguaje como una cámara de cine, relatando pormenorizadamente cada movimiento, en plano corto o largo, con asombrosa precisión.


BLOOD MERIDIAN – PRIMERA EDICIÓN: 1985 – CLÁSICO, VARIAS EDICIONES – PÁGINAS: 400 (aprox.)