viernes, 30 de diciembre de 2016

Mi vida en la carretera, de Gloria Steinem

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Esta obra  es un alegato a favor del feminismo, pero también en contra del racismo y de cualquier otra clase de injusticia, así como el relato de un aprendizaje, el que proporciona la vida, que abarca casi seis décadas. La autora anuncia en el prólogo que nos esperan tres tipos de viaje: el horizontal, a lo largo y ancho de Estados Unidos, el vertical, al pasado, y el cultural, en busca de las mentalidades más diversas. No vamos a encontrar precisas descripciones de lugares variopintos ni demasiado color local, se trata más bien de las memorias de una activista que ha consagrado la vida a sus dos pasiones: la justicia y viajar. Predomina, pues, la historia sobre el paisaje, la que deja entrever la vida personal de la autora, aunque solo en lo que concierne a su labor y, como telón de fondo y a través del esfuerzo frenético de un puñado de idealistas, la política no oficial estadounidense –que se concreta en la lucha sostenida de los de a pie por que vayan cambiando las cosas– desde los últimos años sesenta hasta hoy.
Gloria Steinem es desde hace décadas una celebridad en su país: ha ejercido un periodismo comprometido compatibilizándolo con una vida itinerante dedicada tanto a visibilizar como a mentalizar y sensibilizar al mayor número de gente posible. Para ella la clave de una vida mejor está en algo tan aparentemente sencillo como:

 “[que] los menos poderosos hablen tanto como escuchan y los más poderosos escuchen tanto como hablan.”

 El germen le viene de la infancia al lado de un padre nómada que le proporcionó una perspectiva diferente; el punto de partida fue un viaje de juventud que hizo a la India sin saber que aquel sería el inicio de un largo periplo que hoy día, cumplidos los 82, no ha finalizado aún.
Las asambleas que se organizan en cualquier punto del país para resolver problemas locales, las conferencias que crean estados de opinión, recaudaciones de fondos en pro de una buena causa, el contacto con los jóvenes en los campus, con los nativos, con los viajeros de transportes públicos, con los taxistas, con la gente de los pueblos la han enriquecido y ha contribuido a cambiar algunas cosas. La estructura no es cronológica sino temática, según su particular forma de valorar y entender su experiencia. Cuestiones como el aborto, el belicismo, la igualdad de derechos de las mujeres, la libre expresión de los indígenas, la discriminación racial etc. se plantean de una forma dinámica, explicando el largo camino recorrido hasta encontrar un resquicio que permitiera reivindicar lo más urgente.
Pero no estamos hablando de una aburrida relación de hechos sino de una crónica repleta de personajes pintorescos que ofrecen vivencias tan amenas como llenas de significado. A través de ellos, y de las colegas de Steinem, vamos conociendo un poco más el auténtico Estados Unidos, el de la gente corriente y luchadora,  desde los años 60 hasta hoy.



MY LIFE ON THE ROAD – PUBLICACIÓN: 2015 – (EN ESPAÑA: ALPHA DECAY –COLECCIÓN HÉROES MODERNOS 2016) – TRADUCCIÓN: REGINA LÓPEZ MUÑOZ – PÁGINAS: 352)  

domingo, 25 de diciembre de 2016

Los versos satánicos, de Salman Rushdie


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Representar fielmente la realidad, no solo de un momento dado sino su evolución a lo largo del tiempo, los mitos y narraciones, los grandes personajes, los odios y adhesiones, no deja de tener mérito, pero si el lenguaje utilizado no es precisamente directo, si funciona por alusiones, si la fantasía y los símbolos explican nuestra vida la cosa se complica tanto que no hay término medio: o estamos ante un auténtico fiasco o ante una chef d’œuvre de la literatura de todos los tiempos.
De lo anterior puede deducirse que admiro de verdad a Salman Rushdie, un escritor que no necesita llamar a las cosas por su nombre para que se entienda lo que quiere decir. En todo lo que he leído de él se explica nuestra historia pasada y presente enfrentando realidad con fantasía –llámese o no realismo mágico– y se defienden valores humanos tan obvios como la racionalidad, el pacifismo o el rechazo a fanatismo y prejuicios raciales. Los versos satánicos emparejan constantemente opuestos como  oriente-occidente, fe-razón, tradición-modernidad, paz o violencia, maldición o lirismo, cielo y tierra, demonio y ángel, en un maniqueísmo algo ambiguo pues ¿podemos asegurar que la maldad está dónde pensamos? El ser humano no es tan previsible.
Sin ánimo de agotar nada, menciono alguno de sus rasgos:
Dualidad. Dos protagonistas: Gibreel (o Gabriel) Farishta y Saladin Chamcha. Actores, pero ¿quién no es actor en este mundo? Protagonizamos nuestra propia historia, que es vida y sueño a la vez. No sé si Rushdie habrá leído a Calderón, es deudor de un mito que impregna la literatura occidental posterior o se trata de una idea de su cosecha. Lo significativo es esa alternancia constante entre fábula y narración, su carácter onírico-fantástico que desvela verdades como puños.
Multiplicidad. A veces el par se queda corto. Algunos nombres propios aluden a diferentes personajes pertenecientes a fábulas distintas,  Chamcha logra el éxito por su facilidad para imitar voces. La complejidad del mundo, de los personajes y situaciones se fluidifica –o metamorfosea– de tal forma que se nos escapa de las manos. No suelo destapar los argumentos, pero hacerlo con este sería misión imposible porque está deconstruido (al modo de la cocina de vanguardia) y porque la novela al completo es un canto a lo metaliterario, no explícitamente sino, como se hace en El Quijote, agregando a la corriente argumental historias tan memorables como la de Gibreel y Rosa Diamond o la de Ayesha, la visionaria, y su demencial peregrinación que arrastra a un pueblo entero (¿ por ventura, nos recuerda esto a algo?), o bien por medio de una ambigüedad narrativa que convierte la afirmación en probabilidad multiplicando infinitamente el relato.
Humor. Porque todo es una broma, una broma tan seria, grave y trascendente como todo lo que se presenta en clave satírica.

“Otra cosa hubiera sido, se lamentaba Salman a Baal, que Mahound (Mahoma) hubiera expuesto su criterio después de recibir la revelación de Gibreel; pero no, él dictaba la ley y luego venía el ángel y la confirmaba; de tal forma que aquello empezó a olerme mal, y pensé: este debe de ser el olor de esas criaturas fabulosas y legendariamente sucias, cómo se llaman: langostinos.”
“… le había sumido en una profunda tristeza, porque, incluso en sus días supremos de joven cínico, su amor por la diosa había sido genuino, quizá su única emoción genuina, y su destrucción le reveló la futilidad de una vida cuyo único amor verdadero estuvo inspirado por un trozo de piedra indefensa.”

Paradoja. Constante, como se desprende de todo lo anterior.

THE SATANIC VERSES – PRIMERA EDICIÓN: 1988 – VARIAS EDICIONES - PÁGINAS: 680 (aprox.) 

martes, 20 de diciembre de 2016

La fábrica de la infelicidad. Nuevas formas de trabajo y movimiento global, de Franco Berardi (Bifo)

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Las sociedades cambian, y no necesariamente para bien (eso de la evolución que nos han contado es un camelo total). A veces, las diferencias con lo que ocurría hace tan solo unos años nos pasan desapercibidas, los muy jóvenes pueden pensar que lo que ven es lo natural y, por tanto, ha sido así desde tiempos inmemoriales. Pero los sutiles cambios que se producen día a día acaban dando lugar a una fisonomía social casi irreconocible por los que nos precedieron. Las fábricas, por ejemplo, ya no son el paradigma de la industria, y eso –en lo que quizá muchos aún no habíamos reparado– ha producido, en todos los aspectos, un cataclismo de dimensiones cósmicas.
Bofardi da en el clavo en sus conclusiones y las expone con rigor un tanto abstracto. Lo encuentro, eso sí, desorganizado y demasiado reiterativo, defectos muy comunes, sobre todo este último, en esta clase de ensayos, y que se subsanaría fácilmente si el ensayista ampliase el foco de su análisis o bien adelgazase los textos. Cualquier cosa antes que aburrir a las ovejas repitiendo el mismo concepto –no sé si con las mismas o diferentes palabras porque no me he molestado en comprobarlo– una y otra vez.
La primera constatación es que el mismo sistema ha llegado al callejón sin salida que era de esperar, demostrando con ello que “el mercado no se corrige a sí mismo, y de que la mano invisible de smithiana memoria no es capaz de regular los procesos sociales y financieros hasta producir una perfecta autorregulación del ciclo económico.” Pero esto no parece arredrar a sus defensores, todo lo contrario. Si hace unas décadas los obreros se sentían explotados y respondían organizándose para reivindicar sus derechos, la economía del siglo XXI y su consiguiente globalización ha desterritorializado la industria ubicándola en las áreas de mayor subdesarrollo y ha producido una nueva clase social que se cree privilegiada debido a su gran cualificación, a que su actividad es de índole intelectual realizándose ante una pantalla y, por encima de todo, a que pueden escoger su propio horario. Pero ser tu propio supervisor no impide la sobreexplotación causada por jornadas abusivas, exiguos salarios, aislamiento e, incluso, precariedad. “En el centro se halla una promesa de felicidad individual, de éxito asegurado (…) Esta promesa es falsa, falsa como todo discurso publicitario.
Como todas las ilusiones esta también se ha convertido en humo. Eso sucedió en el 11-S, cuando quienes ponen en práctica los esquemas previos de la new economy dejaron de sentirse invulnerables al descubrir que su clase “también tiene un cuerpo social, que puede ser despedido, ser sometido al sufrimiento, a la marginación, a la miseria…” A partir de ahí, la sensación de privilegio se diluye y aparece un nuevo término, cognitariado, cuyo sufijo se inspira en los sufridos ejecutores de la revolución industrial llevada a cabo en los siglos previos.
En el momento que fue escrito se atisbaba, por tanto, una nueva conciencia de clase, existía una esperanza. Todo esto ha sido destruido por una crisis –más o menos forzada– que no ha servido más que para reforzar a los más fuertes. En palabras de Bifo (que parecen premonitorias): “En la lucha por la supervivencia no ha vencido el más eficaz ni el mejor, sino el que ha sacado los cañones.”
Esto en lo que se refiere a la artesanía intelectual. En cuanto al público en general, lo que se produce es una sobre-estimulación informativa que, además de agotarle, le impide abarcar toda la catarata de impactos que ha de soportar diariamente. “La consecuencia está a la vista: decisiones económicas y políticas que no responden a una racionalidad estratégica a largo plazo sino tan solo al interés inmediato.”
La búsqueda de la felicidad a toda costa constituye el discurso imperante desde hace varias décadas y ha sido caldo de cultivo de totalitarismos de toda laya y la principal fuente de infelicidad a través de sus principales consecuencias: competencia, fracaso, culpa. De ahí un exceso de infelicidad que, al dar lugar a la proliferación de desajustes mentales, conlleva un gran incremento en el consumo de psicofármacos. Y no solo eso: “… la infelicidad funciona como un estimulante del consumo: comprar es una suspensión de la angustia, un antídoto de la soledad, pero solo hasta cierto punto. Más allá, el sufrimiento se vuelve un factor de desmotivación de la compra.”  Por eso, “se buscan técnicas que moderen la infelicidad y la hagan soportable…” Toda una estrategia a alto nivel que deja a la sensación de sentirse manipulado bastante por debajo de lo que en realidad está ocurriendo.
El autor hablaba de unos fenómenos que, con los años se han ido incrementando y radicalizando exponencialmente, esto ha desencadenado una precariedad que se conoce con el nombre de crisis y que quizá podría denominarse algo así como estafa auto-inducida debido a que ha sumido en la pobreza a una gran mayoría con el fin de enriquecer a unos cuantos. Pero esto es opinión mía. Lo que sí hace el ensayo es profetizar. Muy atinadamente, creo:
“Sin embargo, los fenómenos de crisis sistémica en México, el sureste de Asia, Rusia y Brasil han tenido efectos devastadores y han dejado a millones de personas en la pobreza. La economía mundial, que aún no se ha recobrado de tales golpes, tarde o temprano se sumergirá en la próxima recesión, que probablemente sea más destructiva que cualquiera de las recientes.”
O bien, algo que es un hecho  y cuyos efectos vemos ya desde hace tiempo:
“En esta perspectiva, es necesario comprender con rapidez los efectos a largo plazo que se derivarían de la difusión de la nueva tecnología de conexión telefónica celular con la red…”
LA FABBRICA DELL’INFELICITA'. NEW ECONOMY E MOVIMENTO DEL COGNITARIATO - PUBLICACIÓN: 2001 – (EN ESPAÑA: EDITORIAL TRAFICANTES DE SUEÑOS) – TRADUCCIÓN Y NOTAS: PATRICIA AMIGOT LEATXE Y MANUEL AGUILAR HENDRICKSON – PÁGINAS: 190

jueves, 15 de diciembre de 2016

La muerte bebe en vaso largo, de Manuel Vicent


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En una entrevista realizada en el Café Gijón de Madrid en 1997, decía Vicent:

“… a mí la fantasía no me interesa para nada. Yo parto siempre de la realidad, de lo que veo, de lo que percibo con los sentidos. Pero a eso le añado una dosis de imaginación, que es distinta de la fantasía. La imaginación siempre está arraigada en la realidad. La fantasía es una especie de juego ilógico o cerebral, que a mí no me interesa porque en él vale todo. Es un juego muy fácil. Y si uno tiene ya cierta capacidad de malabarismo, más todavía. Sin embargo la imaginación siempre parte de la realidad, y supone un trabajo de la inteligencia. Creo que la imaginación es un producto de la inteligencia basado en el acervo que le proporcionan los sentidos.” 
“… eso no es una fantasía... Quizá se podría definir como una ciencia-ficción, pero lo cierto es que esa novela, o lo que sea, ese relato, parte de un hecho real: de un tipo que murió a mi lado. Y prácticamente todo el resto de cosas que suceden son elaboraciones de hechos reales.”  
Se habla de realismo mágico, de los personajes de García Márquez, pero ya en la Odisea los personajes vuelan. Está todo inventado.”

No seré yo quien clasifique la novela, seguramente no pertenece a ningún subgénero previamente establecido. Lo que está claro es que Vicent hace exactamente lo que le da la gana, utiliza la fantasía y la realidad según le conviene para poner en marcha una trama alucinada y un poco repetitiva. Esto, unido a que no acabo de verle la intención, me impedido que lo disfrute tanto como sería de esperar tratándose de un artefacto tan poco realista que, además, retrata fielmente la ciudad de Madrid convirtiéndola en un personaje más. Se trata, eso sí, del Madrid más lumpen – el más interesante, quizá, a la hora de emprender aventuras literarias–, un Madrid en el que campan a sus anchas los tahúres, los mendigos, los empleados de tanatorio, las adivinas y hasta los resucitados. Muchos resucitados que se unen a los muertos vivientes, en un simbolismo que quizá quiere ser satírico y cuyo significado, como digo, se me escapa un poco. Aplaudo su evidente escepticismo y su querencia por los bajos fondos, pero tanto muerto viviente acaba convirtiéndose en monótono y, salvo algún episodio particularmente impactante como la procesión por las cloacas madrileñas a la que se van incorporando una bandada de hipnotizados zombis, no hay mucho que destaca, aparte de un puñado de imágenes inolvidables, destellos afortunados que, justo es reconocerlo, nos dejan boquiabiertos:

“La ciudad olía a esa hora a pollo fermentado. Había un policía con metralleta junto a la Audiencia que vio pasar a Georgina por una acera de la calle de Génova, y como era poeta pensó si no sería una de esas flores que en Madrid se abren de madrugada buscando más estiércol. La siguió con los ojos hasta dejarla en la aboca del túnel de Recoletos, y al perderla de vista encendió un cigarrillo.”

Puede que  la de las alcantarillas sea mi escena favorita porque he creído ver en ella reminiscencias –directas o indirectas – del mundo pesadillesco de Fellini. Sea así o no, creo que no le saca todo el partido posible. En realidad, hay mucho material cuyas inmensas posibilidades intuimos claramente y que, una y otra vez, se quedan sin explotar del todo.
La protagonista absoluta es una tal Georgina, asesinada varias veces, como era de esperar,  por diversos amantes y resucitada en el momento que uno de ellos muere de un infarto. A partir de ahí, y conducida por ella, se pone en marcha una acción un tanto indecisa en laque se busca una sortija oculta en un brazo ortopédico – y más adelante un tesoro incalculable – mientras se pone en marcha un lujosísimo casino que atrae al Todo Madrid, impaciente por gastar y ganar, pero que no llegamos a ver más que formando un bulto difuso.
A Vicent, creo, le sucede lo que a algún otro escritor de habla española de uno y otro continente: le pierde su facilidad para fabular. El resultado, además de este vacío significativo, es un descuido estilístico que se evidencia en ocasionales errores sintácticos, algo imperdonable en quien maneja con la soltura que conocemos las herramientas literarias y periodísticas.

PUBLICACIÓN: 2000 – EDITORIAL DESTINO – PÁGINAS: 200 (aprox.)

sábado, 10 de diciembre de 2016

Las lanzas coloradas, de Arturo Uslar Pietri


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Sabemos que un autor ha dado en el clavo cuando sus relatos se quedan flotando en la memoria y el encanto se intensifica con el tiempo, pero si además se escribió hace casi un siglo y aún se sigue leyendo y reeditando podemos estar seguros que se trata de una obra realmente notable. En este caso, el mérito es doble al tratarse de una primera novela, la que consagró a su autor y, probablemente, la más célebre de las suyas.
Como Boves el urogallo (1972) –impresionante crónica centrada en la figura del caudillo asturiano que defendió, por lo menos al principio, la causa monárquica– trata de la guerra por la independencia de Venezuela. Las lanzas coloradas contiene paradojas curiosas. Aunque narra uno de los episodios más relevantes de la historia venezolana se publicó por primera vez en España. Aunque muestra a un puñado de personajes y describe escaramuzas concretas adopta, de alguna forma, un enfoque panorámico. Aunque manifiesta emoción ante lo narrado no se trata en absoluto de un alegato bélico.
Aprovechando la curiosidad de recién llegado del protagonista, Fernando Fonta –heredero de una próspera hacienda, que se traslada a vivir temporalmente a Caracas para estudiar en la universidad– retrata el inmovilismo, beatería y prejuicios que caracterizaban a la alta sociedad de entonces.
 “-Así ha de ser, noble amigo, así es. Nuestro rey lo es por la Gracia de Dios, y los traidores que contra él luchan, luchan contra Dios y se condenan.”
Este ambiente se contrapone a la efervescencia de los grupos revolucionarios integrados por estudiantes que conspiran por el triunfo de Bolivar y se muestran impacientes por entrar en combate. Estos serán los combatientes idealistas pero hay otros, sedientos de sangre –al que pertenece el oponente de Fonta– que, buscando el lado más fuerte, acabarán en el bando realista.
Con tanta expresividad como capacidad de síntesis se narra el comienzo de la guerra:
“Toda la tarde estuvieron saliendo las gentes que emigraban de miedo. La sabana se llenó del disparatado movimiento de la fuga. Solos, en masa, por distintos rumbos, se iban. Angustia de los hombres por salvar su dinero. Angustia en los gestos, en las voces, en los silencios. Se iban todos. Angustia en las mujeres con el racimo de sus hijos a la espalda. Angustia de los animales. Un burrito gris cargado de niños y de muebles. En todas las carnes, en todos los ojos, en la profundidad de las almas, el amarillo resplandor del miedo.”
Es de destacar la sensibilidad hacia los débiles. El papel secundario de las mujeres –que ignorantes de todo, hagan lo que hagan y vengan de donde vengan acaban recibiendo todos los golpes– se destaca contraponiendo a los dos personajes femeninos. La Carvajala, vagabunda que busca su lugar por los caminos y lo mismo ejerce de enfermera improvisada que se arrima al primer cabecilla que se cruza con ella, con Inés, la hermana de Fernando, a la que se ha arrebatado todo viéndose forzada a mendigar. Su destino será muy parecido a pesar de la distancia entre ambas.
Los esclavos negros en tiempo de paz son tratados como animales de labor, carecen de derechos y hasta de entidad a los ojos de los amos. Se reflejan las lamentables condiciones en que viven y trabajan, la suciedad, la miseria, el desprecio que soportan. Ni siquiera se les pregunta si quieren incorporarse a la guerra, acompañan a los combatientes voluntarios como una posesión más igual que los caballos y las armas.
Con la misma economía de medios y gran aliento épico entramos en el fragor de la batalla. Una masa indistinta de indios, republicanos, monárquicos y hasta un grupo de seminaristas se entremezclan con los personajes dejando un reguero de muertos. La temeraria furia de la mayoría se opone a la cobardía de Fernando que finalmente supera cuando ya está todo perdido.
“Siente que se harán trizas en el choque. Ya se tocan. Aprieta la lanza hasta dolerle la mano, desvía el caballo rápidamente y, haciéndole tragar media arma, arranca al contrario de la montura y va a lanzarlo sobre otro jinete que llega detrás.”
Pero ni siquiera entonces pierde su distancia de los hechos, ese sentido crítico que le impide entregarse a la lucha con la mente en blanco como hacen los demás pues, en realidad, sirve de portavoz al propio Uslar Pietri.
“¡Era tan estúpido morir clavado de un lanzazo por uno de aquellos demonios ebrios! ¿Por qué combatía? Las gentes a su rededor toman una realidad más precisa. Sienten los gritos y el golpe seco de los cuerpos sobre la tierra. Allí, debajo de un caballo, pisado por un caballo, un hombre ensangrentado lo ve con una mirada pavorosa, con una mirada inhumana, que, por todos los gritos, muertos en su boca muda, grita, que golpea y hiere por sus manos inútiles, unos ojos angustiados y feroces. Esta es la guerra.”
Lo que queda es un campo repleto de cadáveres y algunos prisioneros heridos. Entonces se produce la llegada de Bolivar, pero seguimos sin verlo. Como ocurre a lo largo de toda la novela, solo es un anuncio, el héroe inmaterial, aclamado por voces sin cuerpo, libertador de nadie, de hombres muertos, mujeres fugitivas, campos arrasados, viviendas destrozadas.

PRIMERA EDICIÓN: 1931 – CLÁSICO – VARIAS EDICIONES – PÁGINAS: 304 (aprox.)

viernes, 25 de noviembre de 2016

Las chicas, de Emma Cline

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A nadie le gusta que le den gato por liebre, claro está, pero si hay algo en las técnicas de marketing que verdaderamente me enfurece, es que utilicen los productos culturales, en particular la literatura, para vender a mansalva empleando toda clase de tretas que convenza a los incautos de la excelencia de una obra.
En este caso, además, la maniobra es tan burda que hace aguas por los cuatro costados. A saber, novelista primeriza a la que se le adelanta una millonada para que saque adelante un producto con el asunto fijado de antemano. Asunto de la mayor truculencia. Obsesión juvenil, hasta lo enfermizo, de la joven escritora que habría que demostrar. A mí, como mínimo, me parece una casualidad la mar de oportuna que se afianza al comprobar que, una vez realizado el encargo, lo que resulta no contiene ni rastro de las circunstancias morbosas que se anunciaban previamente, no se ha realizado una indagación previa, ni sobre los personajes ni sobre el hecho en sí –a saber, los asesinatos a la actriz Sharon Tate y acompañantes, ejecutados en 1969, en su propia casa con la mayor de las alevosías posibles. ¿Dónde ha quedado la supuesta obsesión de  Cline? ¿Cuánta desfachatez hace falta para argumentar que los hechos, únicamente, han servido de base para poner en marcha una trama, por lo demás, inventada de cabo a rabo?
En primer lugar, la novela no narra, en absoluto, las incidencias de la secta –o como quiera llamarla el lector– ni mucho menos de los crímenes, no investiga en los caracteres y forma de vida de los personajes, ni del gurú ni de las chicas ni de ningún otro componente del grupo, la protagonista ni siquiera es alguien concreto que estuviese allí con ellos, sino un constructo, no muy creíble por cierto, que Emma Clime se ha sacado de la manga. Y si no aclara nada de lo ocurrido, la acción de Las chicas podría estar basada en las incidencias de cualquier comuna de hippies de la época, que además haya practicado crímenes rituales, o ser una invención completamente libre. Hace ya más de una década, Henning Mankell público la espeluznante e interesantísima Antes de que hiele, inspirada en un suceso igual de truculento, un suicidio masivo llevado a cabo en 1978, con los recursos del género negro y unas profundidad e intencionalidad que ya quisiera para sí esta novela. Hasta las, a mi juicio, peores obras de Mankell se encuentran a años luz de este pastiche, por adjudicarle el nombre que merece si somos honestos y no nos dejamos engañar por las apariencias.
Y voy con las apariencias que, he de reconocer, se apoyan en una habilísima estrategia de marketing. ¿Recuerdan la teoría del elefante azul (o rosa)? Se trata de una broma, un juego con pretensiones psicológicas y hasta del título de un ensayo político y consiste en evocar la (peregrina) idea mientras se ruega a los presentes que la borren de su imaginación. ¿Y qué es lo que consigue quien propone tal cosa? Pues, naturalmente, el efecto contrario: que ante la mención de un ser tan enorme e insólito ocupando un espacio común, nadie se lo pueda quitar de la cabeza.
El publicista, o quienquiera que pusiese en marcha este proyecto, ha logrado,  tal como se proponía, (además de una venta masiva de ejemplares) que los lectores de Las chicas piensen todo el tiempo en Charles Manson y sus secuaces –aunque aparezcan aquí con otro nombre– y, algo todavía más enrevesado, que rellenen las evidentísimas lagunas del relato con la información que inevitablemente obra en el imaginario de todos. Es decir, no hace falta describir al líder porque todos los lectores recuerdan a Charles Manson o bien se han documentado antes de iniciar la lectura, y lo mismo ocurre con cada uno de los personajes relevantes y con los detalles concretos del caso.
Con esto quiero decir que la novela ya estaba escrita en todas las mentes, ya estaba vendida de antemano, por eso se pudo adelantar una fortuna al primer candidato que tuvo la osadía de aceptar el reto.
Pero se produce un fallo de bulto. La novela describe dos secuencias temporales separadas por un abismo de cuarenta años que constituye un fundido en negro del que no se nos da ninguna noticia. La primera muestra, a base de brochazos más bien gruesos, a la protagonista con tan solo catorce años, sus motivaciones e inseguridades, el abandono temporal de su(s) hogar(es) para unirse a la siniestra familia. Si estos episodios parecen, a primera vista, mucho mejor construidos, el personaje más cercano etc. que los que tienen lugar años más tarde es, precisamente, porque rellenamos las lagunas con la información que poseemos, es decir, gracias al elefante azul presente en nuestros recuerdos o en cualquier hemeroteca on line, disponible a solo un golpe de tecla. Pero esta  información previa no existe en relación con los episodios que tienen lugar en la época presente. La Evie madura aparece desdibujada, sin ninguna consistencia porque tiene que surgir de la nada. Cline ha de componer al personaje de principio a fin, ponernos al corriente de sus andanzas previas –algo que omite por completo– convertirla en una personalidad consistente y eso no parece estar a su alcance. En otras palabras, cuando se elimina el truco la tramoya queda al descubierto.
La prosa está compuesta en su mayor parte por metáforas recurrentes, siempre iguales a sí mismas, construidas a base de formas no personales, casi siempre gerundios (en su traducción al castellano, ignoro cuál es su equivalente en inglés), lo que ahorra cualquier complejidad formal y de significado. He aquí una muestra, un párrafo en el que la protagonista reflexiona sobre un personaje que no es sino un alter ego de ella misma cuando era joven y que sirve de excusa, otra más, para ocultar su absoluta falta de relieve.
“… Pobres chicas. El mundo las engorda con la promesa de amor. Cuánto lo necesitan, y qué poco recibirán jamás la mayoría de ellas. Las canciones pop empalagosas, los vestidos descritos en los catálogos con palabras como “amanecer” y “París”. Y luego les arrebatan sus sueños con una fuerza violentísima: la mano tirando de los botones de los vaqueros, nadie mirando al hombre que le grita a su novia en el autobús. La lástima por Sasha me bloqueó la garganta.”
Una reflexión verdaderamente atinada si proporcionase alguna pista sobre la raíz de ese estado de cosas, pero Cline nunca llega tan lejos, su estrategia, lo hemos comprobado, consiste en algo tan cómodo como nadar entre dos aguas.

THE GIRLS – PUBLICACIÓN: 2016 – (EN ESPAÑA: EDITORIAL ANAGRAMA – COLECCIÓN: PANORAMA DE NARRATIVAS) – TRADUCCIÓN: INGA PELLISA – PÁGINAS: 312