viernes, 25 de noviembre de 2016

Las chicas, de Emma Cline

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A nadie le gusta que le den gato por liebre, claro está, pero si hay algo en las técnicas de marketing que verdaderamente me enfurece, es que utilicen los productos culturales, en particular la literatura, para vender a mansalva empleando toda clase de tretas que convenza a los incautos de la excelencia de una obra.
En este caso, además, la maniobra es tan burda que hace aguas por los cuatro costados. A saber, novelista primeriza a la que se le adelanta una millonada para que saque adelante un producto con el asunto fijado de antemano. Asunto de la mayor truculencia. Obsesión juvenil, hasta lo enfermizo, de la joven escritora que habría que demostrar. A mí, como mínimo, me parece una casualidad la mar de oportuna que se afianza al comprobar que, una vez realizado el encargo, lo que resulta no contiene ni rastro de las circunstancias morbosas que se anunciaban previamente, no se ha realizado una indagación previa, ni sobre los personajes ni sobre el hecho en sí –a saber, los asesinatos a la actriz Sharon Tate y acompañantes, ejecutados en 1969, en su propia casa con la mayor de las alevosías posibles. ¿Dónde ha quedado la supuesta obsesión de  Cline? ¿Cuánta desfachatez hace falta para argumentar que los hechos, únicamente, han servido de base para poner en marcha una trama, por lo demás, inventada de cabo a rabo?
En primer lugar, la novela no narra, en absoluto, las incidencias de la secta –o como quiera llamarla el lector– ni mucho menos de los crímenes, no investiga en los caracteres y forma de vida de los personajes, ni del gurú ni de las chicas ni de ningún otro componente del grupo, la protagonista ni siquiera es alguien concreto que estuviese allí con ellos, sino un constructo, no muy creíble por cierto, que Emma Clime se ha sacado de la manga. Y si no aclara nada de lo ocurrido, la acción de Las chicas podría estar basada en las incidencias de cualquier comuna de hippies de la época, que además haya practicado crímenes rituales, o ser una invención completamente libre. Hace ya más de una década, Henning Mankell público la espeluznante e interesantísima Antes de que hiele, inspirada en un suceso igual de truculento, un suicidio masivo llevado a cabo en 1978, con los recursos del género negro y unas profundidad e intencionalidad que ya quisiera para sí esta novela. Hasta las, a mi juicio, peores obras de Mankell se encuentran a años luz de este pastiche, por adjudicarle el nombre que merece si somos honestos y no nos dejamos engañar por las apariencias.
Y voy con las apariencias que, he de reconocer, se apoyan en una habilísima estrategia de marketing. ¿Recuerdan la teoría del elefante azul (o rosa)? Se trata de una broma, un juego con pretensiones psicológicas y hasta del título de un ensayo político y consiste en evocar la (peregrina) idea mientras se ruega a los presentes que la borren de su imaginación. ¿Y qué es lo que consigue quien propone tal cosa? Pues, naturalmente, el efecto contrario: que ante la mención de un ser tan enorme e insólito ocupando un espacio común, nadie se lo pueda quitar de la cabeza.
El publicista, o quienquiera que pusiese en marcha este proyecto, ha logrado,  tal como se proponía, (además de una venta masiva de ejemplares) que los lectores de Las chicas piensen todo el tiempo en Charles Manson y sus secuaces –aunque aparezcan aquí con otro nombre– y, algo todavía más enrevesado, que rellenen las evidentísimas lagunas del relato con la información que inevitablemente obra en el imaginario de todos. Es decir, no hace falta describir al líder porque todos los lectores recuerdan a Charles Manson o bien se han documentado antes de iniciar la lectura, y lo mismo ocurre con cada uno de los personajes relevantes y con los detalles concretos del caso.
Con esto quiero decir que la novela ya estaba escrita en todas las mentes, ya estaba vendida de antemano, por eso se pudo adelantar una fortuna al primer candidato que tuvo la osadía de aceptar el reto.
Pero se produce un fallo de bulto. La novela describe dos secuencias temporales separadas por un abismo de cuarenta años que constituye un fundido en negro del que no se nos da ninguna noticia. La primera muestra, a base de brochazos más bien gruesos, a la protagonista con tan solo catorce años, sus motivaciones e inseguridades, el abandono temporal de su(s) hogar(es) para unirse a la siniestra familia. Si estos episodios parecen, a primera vista, mucho mejor construidos, el personaje más cercano etc. que los que tienen lugar años más tarde es, precisamente, porque rellenamos las lagunas con la información que poseemos, es decir, gracias al elefante azul presente en nuestros recuerdos o en cualquier hemeroteca on line, disponible a solo un golpe de tecla. Pero esta  información previa no existe en relación con los episodios que tienen lugar en la época presente. La Evie madura aparece desdibujada, sin ninguna consistencia porque tiene que surgir de la nada. Cline ha de componer al personaje de principio a fin, ponernos al corriente de sus andanzas previas –algo que omite por completo– convertirla en una personalidad consistente y eso no parece estar a su alcance. En otras palabras, cuando se elimina el truco la tramoya queda al descubierto.
La prosa está compuesta en su mayor parte por metáforas recurrentes, siempre iguales a sí mismas, construidas a base de formas no personales, casi siempre gerundios (en su traducción al castellano, ignoro cuál es su equivalente en inglés), lo que ahorra cualquier complejidad formal y de significado. He aquí una muestra, un párrafo en el que la protagonista reflexiona sobre un personaje que no es sino un alter ego de ella misma cuando era joven y que sirve de excusa, otra más, para ocultar su absoluta falta de relieve.
“… Pobres chicas. El mundo las engorda con la promesa de amor. Cuánto lo necesitan, y qué poco recibirán jamás la mayoría de ellas. Las canciones pop empalagosas, los vestidos descritos en los catálogos con palabras como “amanecer” y “París”. Y luego les arrebatan sus sueños con una fuerza violentísima: la mano tirando de los botones de los vaqueros, nadie mirando al hombre que le grita a su novia en el autobús. La lástima por Sasha me bloqueó la garganta.”
Una reflexión verdaderamente atinada si proporcionase alguna pista sobre la raíz de ese estado de cosas, pero Cline nunca llega tan lejos, su estrategia, lo hemos comprobado, consiste en algo tan cómodo como nadar entre dos aguas.

THE GIRLS – PUBLICACIÓN: 2016 – (EN ESPAÑA: EDITORIAL ANAGRAMA – COLECCIÓN: PANORAMA DE NARRATIVAS) – TRADUCCIÓN: INGA PELLISA – PÁGINAS: 312

martes, 15 de noviembre de 2016

Finalistas del XI Premio de Traducción Esther Benítez


FINALISTAS DEL XI PREMIO ESTHER BENÍTEZ CONVOCADO POR ACE TRADUCTORES

- Concha Cardeñoso por su traducción de Las cuatro Gracias de D. F. Stevenson (Alba Editorial)
- Itziar Hernández Rodilla por su traducción de Los novios de Alexandro Manzoni (Akal)
- Carmen Montes por su traducción de Aniara, de Harry Martinson (Gallo Nero)
- Marta Sánchez Nieves por su traducción de Noches Blancas, de Fiodor Dostoievski (Nórdica Libros)
En breve se convocará la segunda ronda de votaciones, de la que saldrá el ganador o ganadora de este premio de traducción otorgado por los socios de ACE Traductores y creado en memoria de la traductora y luchadora Esther Benítez.
Más información en la página de ACE Traductores

jueves, 10 de noviembre de 2016

El rumor del oleaje, de Yukio Mishima


Resultado de imagen de el rumor del oleaje amazonLa lectura de El rumor del oleaje nos sitúa en un mundo idílico y primitivo, perdido ya para siempre, al que se dota de un halo romántico que lo representa en el supuesto apogeo de su pureza. Y si esto puede resultar chocante para la época en que  fue escrita, tratándose de Mishima, que inició su carrera con Confesiones de una máscara, novela bastante más descarnada y cínica, no deja de parecer una impostura impropia de un autor ya en el apogeo de una carrera tan alejada de ese tono y esos planteamientos. Ello la convierte en un producto blandengue, artificial, incluso algo hueco, una especie de Romeo y Julieta idealizado y anacrónico con el que, en ningún caso, se pretende la expresión individual sino una defensa a toda costa de los valores tradicionales japoneses.


Todo ese afán por simplificar conduce a una estilización de la realidad bastante maniquea: el perverso mundo de fuera (la ciudad, pero también la Segunda Guerra Mundial todavía reciente y los conflictos territoriales entre Japón y Estados Unidos) –que se visita una sola vez en la vida para olvidarse de él por completo– se contrapone a la vida perfecta de los pescadores; los oponentes de  la pareja bella y virtuosa formada por Hatsue y Shinji son Chiyoko y Yasuo, dos jóvenes menos agraciados que con su astucia provocan el pequeño conflicto que pondrá en marcha un (minúsculo) argumento.

Lo inverosímil llega a su colmo cuando el malvado Yasuo planea forzar a Hatsue aprovechando que esta no tiene más remedio que salir en plena madrugada a lavar la colada de la familia. Lo que ocurre entonces resultaría ingenuo hasta en los cuentos infantiles.

“En realidad, hasta aquel momento Hatsue desconocía que dios había intervenido en su ayuda. Pero entonces, mientras observaba con recelo las cabriolas de Yasuo, comprendió que todo era obra de un listo avispón. Yasuo daba manotazos en el aire y ella observó en las yemas de los dedos, bajo la luz de la farola, los destellos de unas alitas de color dorado.”

Claro que, cuando existe tanto talento, uno puede olvidarse de cualquier aspecto ajeno a la escritura y sumergirse en una prosa llena de encanto, vertida al castellano con todo el rigor que merece, para concentrarse en las escenas costumbristas y en las poéticas descripciones de la isla de Utajima, auténtica protagonista de una trama que sitúa en primer plano el lugar y la época en detrimento de acción y personajes.



潮騒 – SHIOSAI – PUBLICACIÓN: 1956 – (EN ESPAÑA: ALIANZA EDITORIAL) – TRADUCCIÓN:  KEIKO TAKAHASHI Y JORDI FIBLA FEITO - PÁGINAS: 216 (aprox.)

domingo, 30 de octubre de 2016

No son todos los que están (en el mundo literario)

Hace pocos días, un comentarista de otro blog intentaba rebatir una afirmación mía referida al hecho literario. Decía yo que la literatura no es responsable de las barrabasadas que se cometen, invocando o no su nombre. En concreto, me estaba refiriendo a Salman Rushdie, pero podía haber hablado de Saviano, o de otros muchos quizá menos represaliados que estos. Recordemos que se llegó a relacionar las obras de Nietzsche con las atrocidades cometidas por los nazis, dicho sea por poner un ejemplo. Craso error. No hay que perder de vista que la literatura se limita a utilizar la realidad para crear arte, que se conforma con dar testimonio, hacernos reflexionar o divertirnos. Todo esto justifica al escritor y a la obra descargándolos de cualquier acusación. Por si no ha quedado suficientemente claro, me remito al manido ejemplo de la neutralidad ética del cuchillo. O la del automóvil. Dos armas potenciales con funcionalidades incuestionablemente prácticas.
Pero, ojo, cuando dije literatura, me refería, claro está, a la literatura y solo a ella, no a cualquier texto escrito por quién sabe qué persona con no se sabe qué intención. Si hubiese querido decir eso, habría utilizado otra palabra. Mi espontáneo comunicante respondía utilizando otros vocablos (sermones, correspondencia falsificada, diarios personales, y hasta la orden “Apunten, fuego” emitida al pelotón directamente). Nadie dudará de que ninguno de ellos, en un contexto real, tenga nada que ver con el hecho literario. El error se debe a la confusión entre literatura y palabras. Las palabras pueden ser, y de hecho son, responsables de casi todo. Excepto cuando experimentan una elaboración tal que llegan a considerarse un artefacto artístico. Convengamos en que el pollo y el caldo no son la misma cosa. La literatura vendría a ser un caldo de realidad elaborado a fuego muy, muy lento y con una gran cantidad de ingredientes, todos de primera calidad.
(Nótese que en ningún momento he hablado de buena o mala  literatura. Cuando digo literatura, me refiero al arte elaborado con palabras, y en ese caso solo hay una, no hay medias tintas en esto. Cualquier engendro que utilice los mismos materiales podrá calificarse de lenguaje coloquial, panfleto, folletín o lo que sea. La auténtica y genuina permanecerá siempre al margen. En otro nivel. A salvo.)
No quiero decir con esto que se halle libre de ideología. Novela, poesía, ensayo, naturalmente, hablan de nosotros y del mundo que nos rodea interpretándolos según la particular idiosincrasia de su autor. Ese es su objeto: colocarnos el mundo delante, convenientemente filtrado por una óptica particular y compleja. A partir de ahí, lo que cada uno haga con ella es asunto suyo. No hay excusas para el asesinato, ni Simenon ni Agatha Christie pueden invocarse de forma convincente ante un juez. De lo contrario, caeríamos en una ñoñería insulsa, no podríamos escribir más que idealizaciones, fábulas, puros cuentos para niños bobos, se prescindiría de la carga crítica, la sátira, la indagación psicológica y otros muchos recursos que ponen en marcha el intelecto y consiguen aportar claridad a nuestra realidad interna y externa.
El gran escritor que fue Francisco Ayala –citado por Andrés Amorós en su ensayo Introducción a la literatura (Círculo de Lectores, 1988 – Pag. 135)– se expresaba así:
“La literatura se hace con palabras, y las palabras son signos, comportan ideas que nunca tienen esa neutralidad relativa de los materiales con que el pintor pinta su cuadro y el escultor esculpe su estatua. Si en todo caso el arte puro es una aspiración inalcanzable, la poesía pura es, desde luego, empeño desesperado. En la expresión estética lograda mediante formas literarias se alojará siempre un elemento intelectual cuya eliminación completa, si posible fuese, haría fútil del todo la obra misma. Y ese elemento intelectual es perturbador, porque lo que pudiéramos llamar contenido racional de la literatura compite en su propio derecho con la forma artística disputándole el interés de los lectores. Éstos reciben simultáneamente con la impresión estética un mensaje intelectual que no consiste en el mismo grado de subordinación a que otros materiales se someten, pues su importancia para la calidad de la obra resulta decisiva. El mensaje podrá disimularse, adelgazarse deliberadamente y llegar a ser muy tenue; pero puede también alcanzar en cambio una intensidad enorme, acrecentada por las virtudes de la expresión poética. La literatura, pues, no sólo suscita emociones estéticas, sino que transmite siempre, a la vez, una explícita interpretación de la realidad.”
Y sigue diciendo Amorós:
“¿Cabe una literatura puramente fónica, sin significado, que se limite al encanto sensual y lúdico de la musicalidad? Según lo que llevamos dicho, parece claro que no. Y eso se comprobaría si analizáramos detalladamente los casos extremos: cantarcillos tradicionales, poesía afro-cubana, jitanjáforas…”
Concluyendo, no usemos el arte para justificar nada. Ello supondría una profanación de lo único sagrado que tenemos: la expresión de nuestro ser sublimada por los insondables mecanismos de la creación humana y artística.

jueves, 20 de octubre de 2016

La mano invisible, de Isaac Rosa


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A mitad del siglo XX triunfaban las novelas de tesis, por entonces la censura asfixiaba los productos artísticos. Ya no somos tan remilgados pero, tras décadas de experimentación formal en detrimento del contenido, hace ya bastantes años que hemos vuelto a interesarnos por las cuestiones éticas. Los casos de conciencia impregnan la literatura, el cine y, en general, cualquier clase de ficción. Lo malo no es plantear dilemas morales,  sino pretender, más o menos voluntariamente, adoctrinar a los lectores. La moralina nunca es un elemento más de la trama pues acaba por tragársela enterita impidiendo que el público disfrute con las cualidades estéticas de rigor.
Esto es lo que ocurre en esta novela. Aunque reconozco que va mejorando a medida que el autor toma las riendas de acción y personajes, nunca acabamos de desembarazarnos del peso de esas terribles (e inacabables) diez primeras páginas en las que un albañil describe su soporífero trabajo, paletada a paletada, sin ahorrarnos ni un solo de los gestos imprescindibles para levantar una pared de ladrillos. A continuación, el autor la emprende con unos cuantos oficios más –con esquirol incluido en el paquete– en los que mantiene la misma o parecida tónica. Por fortuna, va sintiéndose paulatinamente incapaz de soportar el tedio de tanta descripción más que minuciosa y no tiene otro remedio que aligerar, un poco más con cada nuevo personaje que introduce.
El título, ya se habrán dado cuenta, alude a la famosa teoría de Adam Smith, según la cual la economía capitalista tiene la virtud de regularse a sí misma, dando origen a un ultraliberalismo económico que campa a sus anchas desde aquel siglo XVIII y cada vez con mayor virulencia. Pero para mostrar la alienación de los trabajos manuales no hace ninguna falta alienar a los lectores, al contrario, siempre se ha alabado en los genios de la narrativa su capacidad de crear un mundo con unas cuantas pinceladas bien distribuidas, encomiable labor de síntesis que Isaac Rosa no ha tenido a bien llevar a cabo aquí.
Tanta minuciosidad descriptiva parece suficiente para cumplir el objetivo previsto, a saber, denunciar la asimétrica relación que se establece entre empleado y empleador; mostrar las circunstancias embrutecedoras (unas más y otras menos, porque hasta en esto hay grados) que soporta quien ha de repetir la misma tarea una y otra vez, o bien, intentar convencer a potenciales clientes de las ventajas de una supuesta oferta, con sonrisa falsa y consciente de la inexactitud de lo que anuncia; o el que tiene que hacer de comodín, dispuesto a realizar cualquier encargo al momento; o quien limpia lo que han ensuciado otros; o el que ha de  poner buena cara a los clientes y aguantar la verborrea inacabable de quien lleva ya unas cuantas copas. Pero el autor no se conforma con detallar excesivamente, además, extrae las conclusiones que considera necesarias, no sea que a los lectores nos pasen desapercibidas. O sea, nos toma por (muy) tontos. Ahí va un botón de muestra:

“… la lista de motivos por los que prefería seguir siendo tropa y no ascender, porque cono soldado raso se sentía con fuerza suficiente para resistir, pero no estaba tan segura de ser fuerte para, en caso de tener poder, en caso de tener subordinados, no acabar siendo como ellos, no acabar ella también participando en el juego del mando y la obediencia que siempre iba más allá de lo necesario para el funcionamiento de una estructura jerárquica, unos deciden y otros acatan, unos exigen y otros entregan, unos mandan y otros obedecen, iba más allá y si aceptabas jugar podías acabar convirtiéndote en otra pieza del engranaje, no ya la pieza que gira, la que levanta el pistón, la que golpea, sino la pieza que marca el ritmo, la que fuerza la máquina, la que introduce más tensión en el circuito, la que aquí les envía un correo o les llama por teléfono cada semana para decidir y que ellos acaten, para exigir y que ellos entreguen, para mandar y que ellos obedezcan con la naturalidad con que se aceptan las relaciones de poder en el trabajo, naturalidad no exenta de fricciones, de roturas, de resistencia, de violencia, pero naturalidad al fin, porque se acepta que desde el momento en que uno paga y otro cobra, el que paga adquiere poder y el que cobra se sabe obligado, y una vez que admites eso lo demás solo es una cuestión de alcance, de equilibrio…”

En realidad, el tono del texto –cuya prosa, por cierto, su autor no se ha esmerado mucho en pulir– tanto en lo que concierne al retrato de unas realidades concretas como a las conclusiones de índole ética y política, así como la ideología que se desprende de todo ello –con la que no puedo decir que esté en desacuerdo, todo lo contrario– corresponde más a un ensayo que a una obra de ficción. Pero aquel requiere una altura teórica, unos supuestos novedosos y una complejidad de conclusiones que exceden con mucho las posibilidades que encontramos aquí, incluso si en algún momento incluye párrafos verdaderamente ensayísticos, puros fragmentos sin hondura ninguna, supuestamente transcritos por el personaje de la mecanógrafa. Hablando en plata, en La mano invisible lo que hay es mucho ruido y pocas nueces, nada que no podamos notar mirando a nuestro alrededor, y mucho menos de lo que filosofía, teoría política y sociología llevan repitiendo desde los principios de la revolución industrial. Ni siquiera se recogen, o de forma muy somera, las innovaciones imprescindibles para renovar el discurso adaptándolo al desarrollo de las nuevas tecnologías.
El tedio está asegurado, luego no digan que no se lo advertí.

PUBLICACIÓN: 2011 – EDITORIAL: SEIX BARRAL – PÁGINAS: 384

viernes, 30 de septiembre de 2016

Zona, de Mathias Enard

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Matias Enard está de actualidad por el Goncourt concedido hace unos meses a Boussole (Brújula), su última novela, y parece que, esos ecos están llegando a España por fin. Pero realmente no ha dejado de ser noticia desde que publicó la primera de sus obras hace ya década y pico. Autor riguroso, concienzudo y concienciado, anclado al presente más atroz, sin olvidar las huellas del pasado y los interrogantes que plantea el futuro, merecedor de diversos premios –entre ellos el Goncourt de los Estudiantes en 2010– y distinciones como el grado de Officier, de la Orden de las Artes y las Letras concedida este mismo año. Pero nos hemos ofuscado con fuegos de artificio galo como los Beigbeder y los Houellebecq, y olvidamos a autores como Enard, más eruditos y enjundiosos, si bien afortunadamente menos mediáticos ya que su lectura  tiene menos morbo y es mucho más exigente.
Zona es una novela que, debido a su gran complejidad, no puede explicarse. Me quedaría corta si dijese que retrata este principio de siglo mediante un mosaico constituido por miles de teselas metálicas que reflejan, a su vez, otras realidades y sus implicaciones, y que para ello su autor ha manejado toneladas de testimonios, personales y documentales, y se ha valido de su singular experiencia viajera, pero no dispongo de otras palabras y tengo que expresarlo así.
La crueldad, la avaricia, las luchas por el poder han convertido el suelo europeo y la costa mediterránea en un enorme campo de batalla ocupado por sucesivos ejecutores, en el territorio de la devastación, pero también del complot y la anarquía. Lo de menos es el pretexto que da fundamento a la novela, ese agente doble que planea apartarse de la zona caliente camuflándose en la identidad de otro, de un muerto viviente que nunca reclamará nada. Lo de menos es ese viaje casi eterno que constituye el pretexto idóneo para ese extensísimo y enrevesado flujo de conciencia. Importa, y mucho, el continuado debate ético en que nos sumerge, el escepticismo, y subsiguiente actitud nihilista, que deriva de su relato, la destrucción de mitos que parecían inalterables. Y su consecuencia, la certeza absoluta de que los culpables están en cualquier bando. También las víctimas, la parte más débil, que se usa como moneda de cambio para toda clase de ambición.


ZONE- PUBLICACIÓN: 2008 (EN CASTELLANO: EDITORIAL LA OTRA ORILLA, 2009) – TRADUCCIÓN: ROBERT JUAN-CANTAVELLA – PÁGINAS: 404

domingo, 25 de septiembre de 2016

Una nubecilla, de James Joyce

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En la vida de todo auténtico genio se da un momento decisivo, aquel en que ha de asumir su genialidad, lo que hay de excepcional en su talento, y la mayor parte de las veces esto se produce, no como revelación espectacular sino de una forma mucho más modesta, casi como un fracaso. El mecanismo es sencillo, imaginemos el mortal aburrimiento que experimentaría un Joyce, pongamos por caso –pero también un Picasso y, en otro ámbito, los Verne, Copérnico, Einstein, Da Vinci etc.– cuando, de forma más o menos explícita, comprendieron que, casi desde el comienzo de su trayectoria, habían sobrepasado todas las expectativas en el campo que se propusieron cultivar. En el caso que nos ocupa, James Joyce completó un volumen de relatos perfectamente construidos que demuestran una gran agudeza psicológica y una perfecta comprensión de la sociedad que le tocó en suerte, creando personajes complejos y creíbles, argumentos verosímiles y un significado multifacético mucho más complicado de lo que se aprecia a primera vista.
Sobre el relato titulado Una nubecilla, que forma parte del volumen Dublineses publicado en 1914, años antes de Ulises y de Retrato del artista adolescente, no he tenido la oportunidad de leer los sesudos análisis que, probablemente, se han publicado desde que la obra se editó por vez primera, ni siquiera todo lo que aparece en la red, pero lo que he encontrado hasta ahora se basa, creo, en lecturas excesivamente simplistas para una narración de tanto calado.
Así, a bote pronto, me gustaría destacar que Una nubecilla es, entre otras muchas cosas, un exhaustivo análisis de la envidia. Hay espíritus insatisfechos cuyo estado de ánimo les impulsa a alcanzar cotas más altas, pero muchos otros mantienen un permanente estado de alerta que les lleva a escudriñar, y consecuentemente a codiciar, cualquier bien, objetivo o subjetivo, material o espiritual, poseído por sus congéneres que ellos consideren deseable. Y para individuos como este casi cualquier posesión o estado constituye objeto de deseo.
No estoy segura de que Joyce, contra lo que una primera ojeada parece dar a entender, haya querido presentarnos a un pobre diablo, con una vida desastrosa, que se deja obnubilar por el éxito rutilante de su viejo compañero de fatigas. En mi opinión, el autor ha creado en la persona de Chico Chandler el prototipo de estos especímenes. Ni considero que el protagonista lleve una vida tediosa ni que tenga un chaval especialmente latoso ni que su esposa le coarte la libertad con elevadas exigencias (interpretación particularmente machista que he encontrado por ahí, y que no he leído en estas páginas, pese a la época y lugar en que fueron escritas). En ninguna parte dice que Chico Chandler –a quien todo lo suyo, incluida su estatura, le parece denigrante, al menos en el momento de ir al encuentro de Gallaher– haya renunciado a ninguna vocación literaria ni a otra brillante perspectiva por el hecho de contraer matrimonio. Igual que pienso que existen multitud de chicos chandler, estoy convencida de que, si se intercambiasen los papeles, el personaje se sentiría exactamente igual de frustrado, pues consideraría que haber luchado para convertirse en triunfador le habría impedido disfrutar del amor y la estabilidad familiar y contemplaría admirado a la persona que ha conseguido unos bienes mucho más valiosos que los puramente materiales. La escena que le muestra arrepentido de su suerte, sin ningún apego por el bebé que tiene en sus brazos, no es un reproche del autor a la madre que le ha dejado solo con él (recordemos que ella ha salido a por té y azúcar a la tienda para cumplir el ritual junto a su marido a la hora adecuada, y qué antes él había empleado el tiempo que estimó conveniente en almorzar en un restaurante con su amigo) sino el preciso momento en que su obsesión hace crisis, al asustar al niño de tal forma que le pone en peligro de ahogarse.
Pero el carácter de Chandler es tan voluble e inconsistente que ese estado de ánimo dura lo que un suspiro, lo que tarda una nubecilla en pasar. En consecuencia, el susto resulta providencial pues, si no llega a hacer que recapacite a fondo ya que no es hombre de profundos planteamientos, sí le fuerza a deponer una actitud que, en su caso, no conduciría más que al desánimo y la amargura. No conviene generalizar en cuestiones como esta, pero tal como Joyce nos lo presenta, si el personaje eligió ese camino en concreto es porque, en su momento, intuyó que era el más apropiado para un carácter como el suyo, acomodaticio y poco propenso a ajetreos excesivos y riesgos fuera de lo común.
Volviendo al principio, si un escritor comienza su carrera con un puñado de piezas tan redondas como esta, ¿cómo acabará? La respuesta es obvia: frustrándose para el resto de su vida, o bien, escribiendo el Ulises.