Los niños tontos, de Ana María Matute





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Háganme caso, si se topan con un volumen de esta obra en su edición del 2000 –y a pesar de su portada y formato– no caigan en la tentación de pensar que está destinada a los niños. Es cierto que Ana María Matute se dirigió a ellos muy a menudo, pero en este caso nos habla a los mayores. Y lo que dice –bajo esa apariencia inofensiva– no es precisamente amable.

Esta pequeña obra maestra se compone de veintiún micro-relatos escritos con sencillez y cargados con la pólvora de los símbolos. En cierto modo, podrían considerarse iniciáticos, pero no tratan de abrir a la vida unos ojos jóvenes, sino de quitar la venda al adulto, de provocarle para que salga de su abulia, de mostrarle los rostros de la crueldad. El enorme contraste entre un envoltorio de aspecto inofensivo y la brutalidad de lo que se muestra resulta de lo más impactante. Por otra parte, la multiplicidad de lecturas posibles que ofrece cada una de estas piezas mínimas despliega un abanico de interpretaciones que dota a la obra de una dificultad y una complejidad sorprendentes, dada su apariencia.  Valiéndose de metáforas muy personales tomadas de la vida cotidiana y adoptando la perspectiva de los auténticos cuentos infantiles, la autora hace desfilar sus preocupaciones sociales, filias y fobias actuales o remotas, fantasmas subconscientes, junto a grandes dosis de ternura, sensibilidad y preocupación por la injusticia en un mundo construido por adultos pero que cambiará de manos muy pronto. Que ha cambiado, de hecho, varias veces, pues su primera edición vio la luz hace casi seis décadas. 

Lo que muestran sí podría considerarse iniciático, o un esbozo de iniciación, teniendo en cuenta el estatismo de las tramas. Pero esta se ve frustrada antes de empezar, pues no tiene sentido prepararse para algo que no va a ocurrir nunca. Porque estos niños no crecen. Mueren muy pronto o se convierten en estatuas o permanecen congelados en ese espacio onírico que no conduce a ningún sitio. Excepto la niña que no estaba porque ya no lo era. Esa sí creció. No conocemos las causas que convirtieron ese crecimiento en algo dramático. Pero su simple constatación nos lo sugiere. Así de bruscamente acaba este relato. Ni Matute tiene interés en desvelarlo ni nosotros queremos saberlo.


Antes dije micro-relatos y quizá debería haber dicho poemas en prosa. Sus imágenes, el léxico empleado y la oscuridad de su sentido más profundo lo emparentan indiscutiblemente con la lírica. En definitiva, se trata de pequeños flashes, como grietas muy finas abiertas en un muro que dejan pasar una luz radiante.


Entre materiales de diversa procedencia, rastreamos las vivencias de la guerra civil española –que la autora hubo de presenciar siendo niña– junto a síntomas de su extrañeza ante el mundo y las gentes de su entorno o pequeños traumas infantiles. Pero lo que Matute aporta aquí, por encima de todo, es su particular visión del mundo –filtrada por la de la niña que fue– con el fin de trasladar, a su vez, el asombro de los niños de cualquier época ante una realidad desagradable, cruel y, por encima de todo, absurda. Una mirada que refleja la realidad solo de forma indirecta, pero esta refracción del haz luminoso no desgasta las imágenes, al contrario las intensifica, les añade una potencia insólita.

PRIMERA EDICIÓN: 1956 – CLÁSICO – VARIAS EDICIONES – PÁGINAS: 80 (aprox.)
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