Salir de la sociedad de consumo. Voces y vías del decrecimiento, de Serge Latouche

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Siempre he considerado que uno de los rasgos de las actuales generaciones es el temor a la utopía, más que temor, pánico. Y está perfectamente justificado pues, durante gran parte del siglo pasado, la humanidad ha sido víctima de su propio idealismo. Ha sido, precisamente, el afán por una sociedad más justa la que ha dado lugar a que vivamos, no directamente pero sí como especie, dos terribles guerras mundiales. De ahí que portemos en nuestro ADN un escepticismo que, al traducirse en un comportamiento eminentemente apático, ha acabado conduciéndonos a un lóbrego callejón sin ninguna salida aparente.

Se suele estar seguro de lo que se rechaza, mucho más difícil resulta ponerse de acuerdo con qué debe sustituirse y poco menos que imposible parece averiguar de qué forma podemos llegar a ello.

¿Es deseable reconducir la investigación científica? ¿Darle un nuevo sentido, no investigar con un propósito tecnológico y consumista, frenar, por tanto, lo que hasta ahora hemos calificado con muy poca autocrítica de avances? Quizá sea cierto que, como afirma Latouche, haya que detenerse a meditar. Reconsiderar lo que hasta ahora nos era presentado como incuestionable, dar a la ciencia un enfoque más ecológico y sostenible. Una “química verde” en forma de agroecología y agroindustria, que tome el relevo de la, actualmente, todopoderosa genética, por ejemplo. Ya que, como afirma:

“Esto no es solo necesario para evitar la destrucción definitiva del medio terrestre sino, y sobre todo, para salir de la miseria psíquica y moral de los seres humanos contemporáneos”.

Latouche propone la utopía del decrecimiento mediante una progresiva destrucción del imaginario actual y una asunción paulatina de valores éticos. Revolución, sí, pero pacífica, de índole cultural y, por tanto, esencialmente reformista y pragmática. Es decir:

“Salir del desarrollo (…) no implica pues renunciar a todas las instituciones sociales que la economía ha anexado, sino reinsertarlas en otra lógica.”

Llegamos así al concepto de contraproductividad basado en las ideas de Ivan Illich. Según este autor, el desarrollo anormalmente exagerado de cualquier institución humana convierte sus ventajas iniciales en perjuicios de forma que lo que inicialmente se concebía como algo valioso acaba convertido en disvalor. No obstante, este elemento no forma parte del imaginario colectivo. Existe sí, pero solo empíricamente: al no ser analizable en términos económicos, jamás se tendrá en cuenta a la hora de analizar los efectos de una actividad determinada. Ejemplos, el sistema escolar, el de salud y los transportes. Reajustar los valores y desindustrializar las comunidades daría lugar, en opinión de Ilich, a una nueva y deseable convivencialidad.

Es un hecho que la civilización actual se ve abocada irremediablemente a la catástrofe. Ante esta amenaza, el autor desaconseja la actual pasividad cómplice y recomienda que nos organicemos para favorecer el cambio. Fundamentalmente, a través de una tan necesaria como imposible educación para la resistencia. Imposible, al menos a corto plazo, pues una escuela verdaderamente crítica produciría individuos inadaptados para el mundo actual. Las modificaciones, pues, habrán de ser paulatinas, sin olvidar la defensa ante la agresión publicitaria, vehículo de la droga consumista y auténtico lavado de cerebro del ciudadano de cualquier edad.

“Se trata de una revolución principalmente cultural y, por lo tanto, infinitamente más difícil de realizar que las revoluciones políticas. Dado que somos profundamente tóxicodependientes de la sociedad de crecimiento, la educación necesaria se asemeja a una cura de dexintoxicación, a una verdadera terapia.”

Quizá sea la actual crisis económica –junto a la conciencia de un desastre más o menos inminente- el necesario desencadenante para dar el salto hacia una civilización diferente. Pues:

“No hay nada peor que una sociedad de crecimiento sin crecimiento. Sabemos que la simple ralentización del crecimiento sumerge a las sociedades en el desconcierto a causa del paro, de la ampliación de la brecha entre ricos y pobres, de los ataques al poder adquisitivo de los más despojados y del abandono de los programas sociales, sanitarios, educativos, culturales y medioambientales que garantizan un mínimo de calidad de vida.”

Es decir, las consecuencias son nefastas, a no ser que consideremos la crisis como una oportunidad única para cambiar de trayectoria por fin y regresar a una equidad real olvidando de una vez por todas anteriores desmesuras. Se trata de una sobriedad escogida, en la que se trabajaría menos pues las oportunidades estarían repartidas entre todos, en la que se afianzaría la autonomía monetaria regional, en la que el dinero volvería a manos de sus propietarios al eliminar drásticamente el papel de la banca, que reciclaría realmente produciendo muchos menos residuos, que evitaría la acumulación de bienes y propiciaría una convivencialidad auténtica. Para ello, sería imprescindible cambiar mentalidades (o imaginarios, en palabras del autor), recuperar valores como la solidaridad o la capacidad de valernos por nosotros mismos y renunciar al belicismo de quienes pretenden acaparar los recursos.

“… La crisis nos ofrece la oportunidad de construir una sociedad ecosocialista más justa y más democrática, una sociedad de abundancia frugal basada en la autolimitación de las necesidades. Este es el programa del decrecimiento…”


SORTIR DE LA SOCIETÉ DE CONSOMMATION. LES LIENS QUI LIBÈRENT – PUBLICACIÓN: 2010 – (EN ESPAÑA: 2012 – EDITORIAL: OCTAEDRO – COLECCIÓN CONVIVENCIAS) – TRADUCCIÓN: MAGALÍ SIRERA  MANCHADO– PÁGINAS: 208

Comentarios

  1. A mí me gusta mantener utopías en pie. Creo que son necesarias. También creo que esta crisis debiera llevarnos a algún sitio, a un cambio. Aunque más que una creencia es un deseo, porque muy claro no lo tengo, no lo termino de ver...

    Un abrazo

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  2. Como digo por ahí, las generaciones actuales desconfían de las grandes teorías por razones obvias. Pero este es un proyecto que se puede ir realizando de forma paulatina, sin rupturas, tiene en cuenta el medio ambiente y la convivencia así que me ha parecido muy interesante. Te lo recomiendo siempre que seas aficionada al ensayo, si solo lees ficción, seguramente no te gustará.

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