El cuento de la criada, de Margaret Atwood

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“Todo lo que nos enseñaron en el Centro Rojo, todo aquello a lo que me he resistido vuelve a mí como un torrente. No quiero sentir dolor, no quiero ser una bailarina ni tener los pies en el aire y la cabeza convertida en un rectángulo de tela blanca sin rostro. No quiero ser una muñeca colgada del Muro, no quiero ser un ángel sin alas. Quiero seguir viviendo como sea. Cedo mi cuerpo libremente para que lo usen los demás. Pueden hacer conmigo lo que quieran. Soy un objeto."
Margaret Atwood, El cuento de la criada 

Comienzo con esta significativa frase, pronunciada por Defred, la narradora, en el punto culminante de la distopía que nos ocupa. Las circunstancias son extremas, es verdad. Encontramos irreconocibles esos Estados Unidos que en la década de los ochenta –aproximadamente cuando la autora concibe la trama– experimentan un vuelco absoluto y se convierten en un campo de concentración donde todo está clasificado y rígidamente estipulado, el lavado de cerebro es absoluto y las mujeres, clasificadas por categorías, se utilizan a conveniencia del varón so pretexto de actuar en beneficio de la especie. Según avanza el argumento –sobre todo en momentos particularmente dramáticos, descritos magistralmente–  sentimos escalofríos, se nos eriza la piel, apenas podemos soportar la tensión que se masca en el ambiente. Pero si trascendemos un poco la anécdota, ese vuelco de que hablaba antes no es tan radical, al menos en ciertos aspectos, como puede parecer a primera vista. Aunque en la novela se hayan derrumbado los cimientos de la civilización occidental, el modelo económico, los medios de comunicación, las estructuras sociales, las pautas educativas etc., subsiste algo mucho más sutil, un hálito reconocible en muchos de los momentos descritos por Atwood, esa conciencia que tienen las mujeres de la novela de encontrarse a merced de caprichos y leyes del varón, de su arbitrariedad en suma, no es tan distinto de lo que se experimentaba entonces –que es, por otra parte, lo que ha ocurrido siempre– y, lo que es peor, lo que se pudo vivir más tarde, incluso de lo que ocurre ahora mismo. Naturalmente, no de la misma forma en todos los estamentos sociales, ni en todos los países: a mayor prosperidad económica, más libertad aparente; a mayor cultura, más facilidad de emancipación femenina. Pero la manipulación, la utilización, el desprecio por la autonomía de la mujer, la voluntad de relegarla a puestos subalternos, de frenar su ascenso siempre que sea posible, está actualmente más extendido de lo que solemos admitir en voz alta. Esta situación, grabada a fuego en cada célula del tejido social, adquiere proporciones siniestras –y mucho más evidentes– en  casos tan extremos como violaciones, acoso, trata de mujeres, asesinatos o violencia doméstica. Pero existen otras realidades, como la prostitución y los vientres de alquiler, tan abusivas como las anteriores aunque mucho mejor toleradas por el ciudadano medio, que tampoco se alejan tanto de lo que relata la novela.
Alguno argumentará que estos últimos casos se aceptan voluntariamente por las interesadas. Depende de lo que entiendan por voluntario. Incluso Defred, la protagonista y narradora de El cuento de la criada, admite que su existencia de esclavitud y violación ha sido libremente elegida por ella. Y literalmente es así, porque cuando se elige entre dos opciones a cual más espeluznante, la mejor alternativa es necesariamente terrible.
Bien. Centrémonos en el relato. A través de los ojos de esta criada –de la que sabemos que es una mujer en edad fértil y muy poco más–, contemplamos la república de Gilead. Se trata del nuevo nombre que se aplica a Estados Unidos tras haber sido ocupados por una organización de fanáticos que pretende solucionar las cuestiones sociopolíticas mediante una rígida estructuración social, una estratificación jerárquica muy simple, una organización basada en la represión, el miedo y la delación, una ideología puritana con fuertes connotaciones religiosas encaminada a la restricción de libertades mediante el terror –de todos y de las mujeres en particular–, con el objetivo de aumentar las posibilidades reproductoras de la especie preocupantemente amenazadas en los últimos tiempos. Esos hijos serán arrebatados a la criada, una vez concluido el parto y adjudicado a la familia de cuya semilla procede el neonato. ¿Acaso esto no recuerda una tendencia, los vientres de alquiler, actualmente en franca expansión, que pretenden colarnos como una práctica novedosa e incluso progresista?
Esa es la labor de las conocidas como criadas en el contexto particular de esta novela. Imagino que la autora se encontró con el dilema de utilizar un nombre acorde con la peculiar ocupación del colectivo imaginado por ella o adjudicarle otro, más neutro, que no escandalizase tanto, como un caramelito que contiene en su interior una medicina amarga. Las criadas son, pues, esclavas-prostitutas, adjudicadas a un solo hombre, en este caso un alto cargo militar, con el exclusivo fin de obtener descendencia. En cambio, a las auténticas criadas se las conoce como marthas, quizá por asociación con el episodio bíblico de Marta y María. Existen otros roles de lo más pintoresco, como las Econoesposas y los Ojos (espías infiltrados). Nos topamos, además, con un terrorífico Muro donde cuelgan los cadáveres de los disidentes para escarnio de estos y escarmiento de los transeúntes, se nos informa de purgas constantes, y hasta asistimos a truculentas Ceremonias –unas privadas, como el coito ritual y el parto, otras públicas, como las lapidaciones grupales o los matrimonios colectivos previamente concertados– con las que el régimen se asegura la adhesión y el temor de todos. Las familias se han disgregado, nadie sabe dónde fueron a parar sus hijos, sus maridos o esposas, todo está organizado a mayor gloria y continuidad del régimen dictatorial de Gilead.
Atwood, en realidad, no se está inventando nada. Por una parte, en las circunstancias que describe se encuentran tendencias sociales –fácilmente reconocibles– de los últimos cincuenta años. Por otra, ella misma manifestó que absolutamente todo lo que se describe, hasta lo más aberrante, ha ocurrido en algún momento de la historia y se encuentra documentado sin ningún género de dudas. Y avisa de algo más: por muy alejados que nos creamos de esas sociedades totalitarias, todo –y cuando dice todo es todo, sin excepción– puede ocurrir en cualquier momento de la historia. Cuidado, pues, ya que nunca estamos a salvo de caer en las garras del poder absoluto, mucho más –todavía– de lo que ya estamos, que es bastante, por cierto.
Pero, precisamente, las instituciones más rígidas son las que contienen una mayor amenaza interna. A leyes menos lógicas, menos consensuadas y más injustas, mayor tentación de saltárselas. Resulta, pues, verosímil que en el interior de ese bunker encontremos una Resistencia –probablemente inspirada en la existente durante la ocupación nazi en Francia–, y también que la protagonista, empujada por la desesperación, emprenda por su cuenta acciones temerarias. En ello se fundamenta toda la intriga que impulsa la segunda mitad de la trama y es lo que da lugar a los momentos de mayor tensión, de forma que, además de la evidente carga crítica –con claras reminiscencias de Un mundo feliz y de 1984– nos encontramos ante un relato de aventuras (en el más amplio sentido del término).
El problema de la verosimilitud narrativa se resuelve mediante la técnica del manuscrito encontrado. Un poco traído por los pelos pero eficaz y lo suficientemente creíble para convencernos siempre que no nos hagamos demasiadas preguntas.

THE HANDMAID’S TALE –PUBLICACIÓN: 1985 – CLÁSICO (VARIAS EDICIONES) – TRADUCCIÓN: ELSA MATEO BLANCO – PÁGINAS: 400 (aprox.)

Comentarios

  1. ¡Reseñón! Ya me habían hablado extraordinariamente bien de esta novela, pero después de leer tu reflexión sobre ella tengo que leerla sí o sí. ¡Menuda pintaza!

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  2. Pues gracias por la confianza, Lucas. Espero que esta vez tampoco te defraude el libro :)

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  3. Muy buena reseña. La novela me gustó mucho, tanto por la posibilidad que plantea, como por el realismo que retrata situaciones de países con regímenes similares, al menos en cuanto a dominación sexual se refiere (el código de vestimenta impuesto me hizo recordar a Arabia Saudí).
    En cuanto al argumento de que hay cosas que "se hacen porque las mujeres quieren", creo que tendríamos que recordar que existe una diferencia importante entre "libertad" y "consentimiento", dos conceptos que se confunden constantemente en la actualidad.
    Un abrazo.

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    Respuestas
    1. Muchas gracias, Mrs. Sofía.

      Sí claro, lo primero que nos viene a la cabeza son los países islámicos, pero nuestra historia tampoco se salva, incluso nuestra historia reciente. Sin ir más lejos, todavía quedan grupos de mujeres obligadas a llevar toca: las monjas. Aunque estemos habituados a verlas desde siempre, su ropa es tan antediluviana como la de cualquier país de Oriente Próximo.
      Y si hablamos de dominación sexual, con tanta trata de mujeres que han venido engañadas y se las mantiene esclavizadas para lucrarse, tampoco estamos demasiado lejos de lo que narra Atwwod.
      Todo esto nos lleva a lo que dices, no hay consentimiento real sin libertad. No se puede hablar de libre elección cuando la alternativa es la muerte, la tortura, el acoso a familiares cercanos y bararidades de ese calibre.

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