Demasiada felicidad, de Alice Munro

Demasiada felicidad. Un título con dos facetas. La menos evidente, y quizá no intencionada, es la irónica, ya que al titular así un volumen de relatos como este, se transmite una amargura añadida al lector avisado, en cambio, para aquel que no cuente con más pistas, puede resultar equívoco. Aunque la verdadera razón es que el título está tomado del último de los relatos que lo componen. En él presenciamos una sugerente primera escena que tiene lugar en un cementerio y esperamos que se reanude y se explique más adelante o al final, pero esto no llega a ocurrir. Al terminarlo, encontramos un breve epílogo en el que Munro expresa su curiosidad por el personaje histórico que lo protagoniza, lo que le impulsó a documentarse y de la que son testimonio estas páginas. Sin embargo, al final de la nota añade algo que confirma mi primera impresión:

“… pero animo a quienes pueda interesarles a que lean el libro de Kennedy, que ofrece muchos tesoros históricos y matemáticos.”

¿Podemos suponer que ella misma admite una cierta indeterminación, y hasta la certeza de un relato inconcluso o fallido de alguna forma? Lo cierto es que Demasiada felicidad se resiente de un defecto que –si bien pasará desapercibido a algunos– considero imperdonable en una narradora de su talla. A saber, que no se puede incluir tal número de datos en tan poco espacio sin que la calidad se resienta. Que el lector galopa atropelladamente por la vida de la escritora y matemática Sofía Kovalevski, buscando pistas a la desesperada, perdiéndose detalles, intentando adivinar información que se da por consabida y frustrándose, finalmente, al comprender que, a pesar del interés que le ha despertado esa personalidad y esa vida, no ha podido captar toda la grandeza que encierra debido a las abundantes lagunas de la trama.

El oficio de escritor requiere de un talento añadido: intuir certeramente la longitud exacta requerida por cada argumento. Hay novelas que no acaban de cuajar porque se hubiesen resuelto mejor en un relato de diez páginas, o, como en este caso, narraciones cortas que precisan de una mayor extensión. Aclaro que Demasiada felicidad no es el único relato de la obra con este inconveniente –favorecido por la peculiar manera de narrar de la autora– alguno más hay, aunque en un grado mucho menor.

Alice Munro posee la rara habilidad de conseguir pellizcarnos el estómago con todos y cada uno de sus argumentos. Los comienzos de sus historias jamás anuncian lo que se avecina, parece que caminan en una dirección y, cuando más descuidados estamos, cambian de rumbo advirtiéndonos de que hasta el momento aún no habíamos entrado en materia, que el escalofrío, lo inquietante viene a partir de ahora, que su autora nos había despistado una vez más, que no teníamos ni idea de lo que estábamos leyendo.

Con el primero de ellos, Dimensiones, recibimos ya la primera bofetada. Una mujer traquetea lánguidamente en un autobús que le conduce hacia el lugar donde reside su esposo. Sí, podemos notar que se mueve como una autómata, que existe cierta indecisión y apatía en esas visitas periódicas. Pero, a no ser que estemos familiarizados con la peculiar visión de Munro, no intuimos la tragedia hasta habernos sumergido en ella plenamente.

Otro, muy distinto al anterior pero con similares características, es Juego de niños. En él se nos enfrenta al juego menos infantil que puede imaginarse. La anécdota, una vez más, parece banal: dos adolescentes que coinciden en un campamento de verano, su estrecha amistad y la compartida aversión por otra chica a la que consideran diferente. Después, la separación, el transcurso de toda una vida con sus giros, vueltas y revueltas y, por fin, el reencuentro, que sucede en las circunstancias menos previsibles y donde se aportan, de la manera más sutil posible, las pistas para que el lector, por fin, comprenda que era exactamente lo que se le estaba contando.

En Radicales libres, admiramos la valentía de una mujer solitaria de cierta edad, que se enfrenta a un asesino confeso e intenta salvar la vida con el único recurso de su astucia. A lo largo de unas cuantas páginas de El filo de Wenlock, las suficientes para que nos parezcan una eternidad, contenemos la respiración mientras acompañamos a una joven involuntariamente desnuda por la siniestra mansión de un sátiro. El tropiezo con figuras del pasado que trae a la luz aversiones o adoraciones que no imaginaríamos nunca se recrea magníficamente en Ficción y en Cara.

Historias todas que son la vida misma. Alice Munro no solo escribe bien, es además una observadora eficaz de los comportamientos humanos y una retratista consumada de las personalidades más diversas. Es de admirar, tanto el fino trazo de procesos mentales y comportamientos como la hondura con que refleja la vida en pareja o en soledad o la amistad entre mujeres o la reacción femenina ante el maltrato. Su habilidad cortándonos la respiración puede que no sea del agrado de todos, pero a nada que prestemos atención y captemos lo que traslucen sus palabras jamás nos aburriremos leyéndola.



TOO MUCH HAPPINESS – PRIMERA EDICIÓN: 2009 (EN ESPAÑA 2010) – VARIAS EDICIONES  – TRADUCCIÓN: FLORA CASAS – PÁGINAS 352 (aprox.)

Comentarios

  1. Como bien dices, es una observadora, de la circunstancias, de las emociones, y lo mejor de todo es que sus historias son trayectos de vida, unos más erráticos que otros, y al mismo tiempo son historias de momentos, esa combinación es particularmente intrigante.
    El relato que da titulo a la obra, como has escrito, tiene sus fallas, y te deja mucho en el aire, a lo mejor, siendo, o estando basado en un personaje real, veinte o treinta paginas son muy pocas para detallar como es debido una biografía, por eso, creo, que Munro es mejor cuando ella tiene la visión periférica, y en ese caso, al requerir de información histórica, por llamarla de alguna forma, omite aspectos importantes.

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  2. No sé si el quid de la cuestión está en que se trata de alguien que existió o en la amplitud del enfoque. Quizá tendría que haber elegido un aspecto concreto de la vida del personaje, el que realmente le fascina y nada más. Así, limitando el campo, habría sido más fácil estar a la altura.

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